Cuatro novelas distópicas

Cada tanto iré reproduciendo aquí algunos artículos míos ya publicados. Este es un fragmento del prólogo que escribí en 2018 para la edición de cuatro novelas distópicas publicada por Editores Mexicanos Unidos.


Las tres distopías más famosas e influyentes del siglo XX aparecen en este volumen. Son las novelas Nosotros de Yevgeni Zamiatin (1924), Un mundo feliz de Aldous Huxley (1932) y 1984 de George Orwell (1949). Cada uno a su manera, estos tres autores escribieron pensando en el auge de algún tipo de totalitarismo concreto que ocurría en el mundo mientras ellos creaban sus obras, y vertieron en ellas el miedo que les daba el avance de la opresión o el sufrimiento humano que estaba delante de ellos. He aquí algunas palabras sobre cada una de esas novelas.

Nosotros. El ruso Zamiatin (1884-1937), que alternaba la escritura con la ingeniería naval, se formó en los últimos años del régimen zarista y apoyó la Revolución Rusa, lo que lo llevó a padecer cárcel y exilio. Sin embargo, en los años posteriores al triunfo revolucionario y el ascenso al poder del Partido Comunista de la Unión Soviética, Zamiatin empezó a desconfiar del gobierno y, en especial, de sus campañas de censura de los medios y las artes. Nosotros es un texto satírico: la imagen de una sociedad represiva en la que los excesos del régimen soviético –que aún no llegaba a los horrores del periodo estalinista– son llevados al extremo más absurdo. La novela se desarrolla en una ciudad estado cuyos edificios están hechos de cristal, para que nadie tenga privacidad alguna; en la que las personas, en vez de nombre, se identifican mediante una clave alfanumérica; en la que todos los aspectos de la vida, incluyendo las relaciones sentimentales y la procreación, están fuertemente reglamentados, y en la que el fin último de la tecnología es el control. El libro se completó en 1921 pero su publicación fue prohibida: apareció por primera vez hasta 1924, en una traducción inglesa publicada en los Estados Unidos, y en su idioma original hasta 1927, en una edición clandestina. Zamiatin fue incluido en una lista negra que le volvió cada vez más difícil trabajar en su país, del que terminó exiliándose en 1931. Murió, reducido a la pobreza, en la ciudad de París.

Un mundo feliz. Aunque ahora se le recuerda, sobre todo, como autor de esta distopía, Aldous Huxley (1894-1963) fue uno de los escritores más versátiles de su tiempo, candidato en más de una ocasión al Premio Nobel e igual narrador que poeta, ensayista, editor y guionista de cine. Lo vasto de su educación y de su experiencia –también hay que decir que fue miembro de una familia privilegiada, con varias generaciones de notables en la política, la industria, la academia y las artes inglesas– se ve en su obra entera y también en esta novela, que toma su título de un verso de Shakespeare y contiene referencias a muchas preocupaciones además de la política. Su centro está en una mirada pesimista sobre la deshumanización de las sociedades capitalistas de su tiempo, en las que todo se volvía mercancía y los seres humanos –aunque de modo distinto que en otros regímenes– eran educados para conformarse: para formar una masa uniforme y obediente, que acepta e incluso abraza la opresión. De hecho, en Un mundo feliz pueden encontrarse ciertos aspectos muy precisos de nuestra situación contemporánea. Como Huxley escribió, en 1949, a George Orwell:

En una generación, pienso que los líderes del mundo descubrirán que el condicionamiento desde la infancia y la narco-hipnosis [el control por medio de drogas ingeridas voluntariamente] son más eficientes como instrumento de gobierno que garrotes y prisiones, y que el ansia de poder puede satisfacerse igual sugiriendo a la gente que ame su servidumbre que forzándolos a obedecer a patadas y latigazos.

1984. Y, sin embargo, el libro de Orwell (1903-1950) es el más influyente, el más reconocido de todos los relatos distópicos. La razón es que es también el más icónico, el que más fácilmente se presta a ser citado, resumido, caracterizado a partir de unos pocos elementos básicos. Y varios de esos elementos también pueden verse a la luz del presente y provocarnos gran inquietud. Está el dictador, el Gran Hermano, cuya cara se encuentra por todas partes y es una obsesión de la sociedad entera. Están las campañas de miedo y desinformación que mantienen a la población en la ignorancia, vuelta contra sí misma. Está el concepto del doblepensar, el autoengaño por el cual una persona es capaz de sostener dos opiniones contradictorias para ajustarse a una sociedad que así se lo exige, a la vez aun a riesgo de perder el sentido de la realidad. Orwell, que fue periodista además de narrador y se involucró directamente en varias de las luchas sociales más importantes de su tiempo, fue siempre un partidario de la justicia social y de las causas de la que entonces se conocía como la izquierda política; pero al mismo tiempo estaba consciente de las limitaciones y los riesgos de los gobiernos y las revoluciones, y 1984 –igual que Rebelión en la granja, su otra gran novela política­– ilustran su preocupación por cómo los ideales y los regímenes pueden corromperse, entre otras razones, a causa del ansia de poder absoluto de sus líderes.

Si ahora leemos a Orwell, Huxley o Zamiatin con interés, reconociéndonos en sus obras, no es que ellos hayan tenido un poder mágico para ver el futuro, sino que supieron observar las realidades de su presente. Al exagerarlas y volverlas más intensas en la ficción, las fijaron de tal modo nos permiten percibir lo que hay de ellas en nuestra existencia cotidiana, y preguntarnos cómo las sociedades en las que ellos vivieron se transformaron en las que existen hoy. Las distopías son fantasías sobre el futuro, pero también indagaciones del presente de quien las escribe, del pasado de quien las lee.

Algo distinto ocurre con la cuarta novela contenida en este libro. De hecho, Señor del mundo de Robert Hugh Benson (1871-1914) es una anomalía en varios sentidos. Aparecida en 1908, es la más antigua de las cuatro, pero también la menos conocida y la que más tarde se ha empezado a leer como una distopía. Es la única de las cuatro escrita por un sacerdote –que comenzó en la iglesia anglicana y se convirtió al catolicismo, además– y la única que, aparte del discurso religioso que cabría esperar, tiene elementos claramente sobrenaturales (su villano/dictador es, como se ve pronto, nada menos que el Anticristo). Sobre todo, el texto llama la atención por no estar inspirado directamente en hechos reales, vividos o al menos atestiguados por su autor. La cristiandad es representada como un grupo perseguido, cuando en tiempos de Benson llevaba siglos dando sustento ideológico al colonialismo europeo en todo el mundo. Pero al amplificar el temor auténtico de un grupo religioso que se sentía cuestionado por los cambios sociales de su época, y al plantear una sola fe como rasgo esencial e irreductible de la dignidad humana –como una barrera que realmente separan a quienes son “buenos” o “dignos” de quienes no lo son–, Benson se puede ver hoy como precursor involuntario de otra corriente distópica, que se apropia de la imaginación del futuro pero no para atacar sistemas políticos injustos o excluyentes, sino para defenderlos.

(Por desgracia, en la actualidad hay numerosos ejemplos de este tipo de ficción, que frecuentan sobre todo grupos de extrema derecha, de los que han convertido al racismo y las intolerancias de todo tipo en una seria amenaza de nuestro presente. Queden lectoras y lectores posibles advertidos de la existencia de esas distopías engañosas y tóxicas, obra de autores como Ayn Rand, Jerry Pournelle, Jean Raspail y otros; antes que leerlos a ellos, recomiendo a Benson, quien por lo menos tiene una imaginación extraña y sabe crear una atmósfera misteriosa, un mundo alucinado en el que valores y convicciones tradicionales realmente parecen perder todo sustento.)

Tomás Moro escribió Utopía animado por una aspiración de su propio tiempo: nosotros creamos y consumimos distopías a causa de un miedo o un malestar del nuestro, nacido de nuestro enfrentamiento cotidiano con condiciones cada vez más difíciles de tolerar, pero contra las que no sabemos cómo rebelarnos. Veamos nuestras propias quejas, y las de otros, en las redes sociales; los últimos años han incrementado nuestra conciencia de formas de opresión, avisos de desastre y formas de violencia que no excepcionales, sino constantes, en muchas sociedades contemporáneas, incluyendo la mexicana. Pero todas esas amenazas ya se gestaban desde hacía tiempo. Escribimos y leemos distopías no para descubrirlas, sino porque ya las tenemos enfrente: para tratar de entenderlas.

¿Podrán las narraciones distópicas ayudarnos a evitar que se consumen las catástrofes que imaginamos hoy? ¿Las usaremos solamente como desahogo, como expresión de rabia o de frustración, como excusa para no actuar en el mundo en el que tenemos que vivir?

No faltará quien encuentre su propia respuesta, por ejemplo, en las novelas que siguen.

Publicado por

Alberto Chimal

Escritor mexicano | Mexican writer

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