Ensayos

Los mundos de la imaginación

Este es un ensayo, acerca de la imaginación humana y la literatura fantástica, que ha sido base de un artículo y un par de conferencias. La presente es su versión definitiva, que se puede encontrar también –ligeramente abreviada– en podcast y en video.


¿Qué son las historias? No más que signos: manchas en un papel, diferencias en la intensidad de la luz que emite o refleja una pantalla. Pero el acto de leer esos signos –de reconocer su forma y ensamblar el sentido que encierran– produce un efecto que parece mágico. Al leer nos figuramos los sonidos de las palabras; las palabras forman oraciones, las oraciones párrafos. Y nuestra conciencia empieza a imaginar que esas palabras le son dichas: empieza a ver, en su interior, los lugares que le son descritos, los personajes que habitan esos lugares, el transcurso del tiempo que afecta a unos y otros, los acontecimientos que tienen lugar a lo largo de ese tiempo.

Hechos ilusorios; tiempo ilusorio; habitantes ilusorios de un mundo ilusorio, que es distinto para cada lector, al contrario de las imágenes que ofrecen las historias de las películas o de la televisión y que son iguales para todos. Cada historia escrita engendra incontables universos distintos: uno para cada persona que la lee.

En esos universos están los incontables mundos narrados que se parecen a la vida cotidiana, y que a veces confundimos con ella por ingenuidad o por malicia, y también están los mundos de la imaginación fantástica. Distinguir unos de otros no es tan fácil como parece. No tendremos problema con algunos de ellos, los más raros, los que menos se parecen a nuestro propio entorno. Comparar éste y aquéllos es la prueba más sencilla para encontrar la imaginación fantástica, la que se dedica a lo que no puede ser a sabiendas de que la conciencia de su lector, al evaluar que algo es imposible, tiene por fuerza que poner en juego sus propias ideas acerca de lo posible.

Podemos, pues, ver claramente lo fantástico del País de las Maravillas y del mundo al otro lado del espejo, ambos inventados por Lewis Carroll. También lo podremos ver en Poniente, el continente de los Siete Reinos y las vastas planicies heladas de las novelas de George R. R. Martin; lo podremos ver en el andén 9 3/4 de la estación de King’s Cross, situado de algún modo en otra dimensión del espacio, y el único lugar desde el que puede tomarse el tren que lleva a la escuela mágica de Hogwarts, como se cuenta en la serie de Harry Potter de J. K. Rowling; lo podremos ver en el callejón que a veces existe, y a veces no, en el centro de Bruselas, y que según el narrador belga Jean Ray está habitado por criaturas ocultas y terribles; lo podremos ver en Arda, el orbe sublunar en el que la divinidad creada por J. R. R. Tolkien coloca, en las primeras narraciones del ciclo mítico al que pertenecen El hobbit y El señor de los anillos, todo el mundo material: la Tierra Media y la isla de Númenor y la región bendita de Aman, el hogar de los dioses que después será llevado, para protegerlo del mal, a porciones abstractas del cosmos.

Todos estos lugares son imposibles de situar en un mapa y en ellos ocurre lo imposible. Y también Camelot, Narnia, el País de la Cucaña, la Ciudad de Bronce de las Mil y una noches, los palacios de placer del príncipe Vathek, el castillo al que K el agrimensor trata siempre de llegar; los paisajes apocalípticos, ya despojados de nombres, a los que llegan lo mismo Stephen King que Cormac McCarthy. Oz, Utopía, Shangri-La, la Isla del Hada y el bosque de Khandavaprastha, Arimaspia y Liliput. El Ekumen, la comunidad de mundos de Ursula K. LeGuin. El Imperio Más Vasto, del que cuentan los narradores de Angélica Gorodischer. La condición imaginaria de todos estos lugares es evidente. Los vemos (o los imaginamos) como a través del Aleph de Borges: son inmensidades que podemos “observar”, largamente y con infinito detalle, aunque nunca lleguemos a visitarlas.

***

¿Pero qué pasa con lugares de la literatura son más difíciles de reconocer como fantásticos?

En Ada o el ardor, el más extraño de los libros de Vladimir Nabokov, la acción es absolutamente realista: no se violentan jamás las leyes de la naturaleza, tal como las entendemos, ni tampoco las del comportamiento humano. Los numerosos personajes de la obra son humanos comunes, con vidas y aspiraciones comunes. No hay nada más extraño que una vasta historia de amor, ni más transgresor que la relación previa que existe entre los dos que se aman. No hay ningún individuo especial, ningún elegido para una misión extraordinaria, ningún objeto de poder ni criatura maravillosa. Y sin embargo el mundo de la novela se llama Antiterra, y es un planeta en el que Rusia y los Estados Unidos son un solo y vasto continente y un solo país, y la Historia y la cultura y los personajes famosos se parecen sólo vagamente a los nuestros, y se tiene la superstición de que existe un mundo llamado Tierra, en el que todo es vagamente distinto.

De forma parecida ocurre en El hombre en el castillo de Philip K. Dick. Sus personajes no son aristócratas como los de Nabokov, fugitivos de una novela rusa del siglo XIX, sino de clases medias y bajas del siglo XX: sus ires y venires crean un fresco social muy semejante al de libros famosos que aspiran a ser la Gran Novela Americana, ese ideal de tantos narradores estadounidenses. Sin embargo, la América que habitan esos personajes, aunque se supone que es la misma que habitamos nosotros, no es menos extraña que Antiterra. En ella, la Segunda Guerra Mundial terminó de manera muy distinta a como sabemos que terminó, los Países Aliados fueron vencidos por el Eje –por Japón, Italia y la Alemania nazi– y los Estados Unidos están divididos en un protectorado alemán y otro japonés.

Otros ejemplos, en apariencia más simples, son de hecho mucho más problemáticos. Uno todavía reciente es el de Los detectives salvajes y 2666, de Roberto Bolaño. En ambas novelas también hay personajes posibles, aunque algunos estén tocados por el genio o al menos el deseo de la literatura. Es más, todos viven en el mundo como lo conocemos, con Historia y geografía idénticas en lo esencial a las que conocemos, y las tramas de su creador atienden sobre todo a América Latina y a nuestras muchas dificultades en la segunda mitad del siglo XX. Y sin embargo, tarde que temprano, esos personajes van gravitando todos a una misma ciudad del norte de México, Santa Teresa, que no existe: que se parece a Ciudad Juárez, Chihuahua, y es seca y áspera, y escenario de incontables, monstruosos asesinatos de mujeres, pero no es Ciudad Juárez. En ella vive una poeta que ha dado la espalda a la poesía; en ella hay calles oscuras donde sólo es posible orientarse por las voces y las risas de quienes las habitan, y que viven en la más profunda desesperación; en ella los sueños llevan a un agujero negro, insondable, donde está oculto, según se dice, uno de los secretos del mundo.

Como esta ciudad es Comala, el pueblo al que llega Juan Preciado en busca de Pedro Páramo, su padre, para descubrir que todos en Comala están ya muertos y que a él le toca morir también, para ser enterrado y unirse a los demás en un diálogo interminable de murmullos, que apenas se dejan oír por quien no está aún bajo la tierra. O las Tierras Fértiles, invención de Liliana Bodoc para su Saga de los Confines, que parecen un escenario al modo de los de Tolkien pero también podrían ser el continente americano, invadido y víctima de guerras de conquista, explotación y genocidio. Y, desde luego, así también es Macondo, el pueblo en mitad de la selva, donde lo incomprensible y lo prodigioso tienen siempre lugar pero que es víctima no sólo del tiempo, del huracán y de la locura humana, sino de la explotación, el atraso, la desigualdad y la tiranía.  

Y así también son los estados ficticios del centro ficticio de México que es escenario de varias novelas de Jorge Ibargüengoitia: Apapátaro, Cuévano, Salto de la Tuxpana y Plan de Abajo fueron concebidos para parecerse a sitios reales, pero no lo son. Y podemos continuar: el condado de Yoknapatawpha, en el que ocurren tantas historias de William Faulkner; el planeta Barsoom, lugar de aventuras, que es y no es el planeta Marte; el planeta Yuggoth, lugar de monstruos indescriptibles, que es y no es el planeta Plutón; la abadía de Theleme, la Universidad de Miskatonic y la Escuela de Muchachos Benjamenta; el 815 de la calle de Donceles, en la ciudad de México, donde vive Aura; el 221-B de la calle Baker, en Londres, donde vive Sherlock Holmes.

Más de un lector desprevenido ha pensado que algunos de estos sitios sí existen. Otros han sentido irritación y se han preguntado por qué los autores se molestan en usar nombres distintos de los “verdaderos” y en confundir la “realidad”, agregándole “cosas que no son”. Unos y otros dejan de ver el sentido de la ficción, e incluso de la ficción realista, que a fin de cuentas propone personas que no existieron y las pone a hacer cosas que no pasaron. Acaso nos es más fácil creernos los dichos de personas que no conocemos, pero suponemos posibles en nuestro entorno más inmediato, que los de lugares o existencias que no encajan en nuestra visión del mundo, pues entonces nos hacemos la ilusión de que las cosas del texto son “más reales”.

Y sin embargo la ficción siempre ha mentido, y lo ha hecho a sabiendas. Más aún: su propósito siempre ha sido que no creamos en su realidad, en su identidad con nuestras percepciones del mundo sensible.

La verdad de las historias, que siempre la tienen, está en otro sitio. No un sitio literal, por supuesto. Más aún: no está en sus mundos narrados, en sus descripciones y relaciones, sino en su resonancia. Por mucho que finjan intentarlo, los lugares de lo fantástico jamás se injertarán en el mundo. En cambio, de muchas maneras, entran constantemente en nuestra percepción y en nuestro pensamiento: en nuestra experiencia de la vida. Hacen eco en nuestra conciencia y la vuelven no mejor, no más virtuosa, pero sí más compleja.

Y esto es inevitable porque la imaginación fantástica proviene del mismo sitio: del interior de cada uno de nosotros. La ficción manifiesta de formas incontables lo que significa, para quien la crea, existir en un lugar y un momento. Da nombre y aspecto a esas experiencias; las vuelve enunciables y por lo tanto reales, aunque sea de forma subjetiva. Entre ellas hay experiencias exteriores, desplazamientos y contactos en el mundo material, y también hay de las otras: interiores, invisibles, imposibles de medir y de tasar, como miedos, anhelos, deseos. Sueños y pesadillas.

De aquí vienen las historias fantásticas. Unas veces, lo que se escribe apunta a posibilidades cercanas, que podrían estar en el mundo como lo comprendemos, y entonces pueden bastar las expansiones de la geografía posible. Otras veces todo apunta al interior, a lo que sólo puede existir como emblema, símbolo, figura, y entonces dejamos por entero el universo y nos vamos, figuradamente, a otro sitio. Pero nuestro punto de partida es el mismo: el yo que está en el mundo, en este mundo, y que tal vez puede hacer contacto con otros.

***

La invención de mundos ha ocurrido desde siempre en la literatura: desde los comienzos del lenguaje, o al menos desde la memoria que ha llegado hasta nosotros de la historia humana. La primera gran obra que nos queda de la antigüedad remota, el Poema de Gilgamesh, contiene ya referencias a espacios de la imaginación. Las ciudades de Uruk y Nippur, que aparecen en la historia, realmente existieron, y algo de sus restos queda aún en Irak, asiento de la antigua Mesopotamia, pero no son exactamente las que aparecen en el poema, pues éste parte de fuentes que probablemente tienen su base en historias aún más antiguas y ya perdidas: sus descripciones tuvieron siglos para contaminarse, o para enriquecerse, con invención y olvido. Por otra parte, el Bosque de los Cedros, donde vive el rey monstruo Humbaba, no tiene siquiera un correlato histórico fácilmente reconocible, aunque sí sabemos que está poblado de monos, cigarras y pájaros, cuyos sonidos discordantes y caóticos entretienen a su rey como una música. Desde entonces el mundo era un poco más amplio en la imaginación que en la experiencia sensible.

Esto ocurre, también, en el idioma español, incluso aunque nuestras culturas parezcan tener, desde hace siglos, problemas con la imaginación fantástica. Un solo ejemplo: se conoce la contradicción, el conflicto profundo, entre la imaginación prodigiosa de Gabriel García Márquez y su menosprecio de la ficción, para la que los hispanoamericanos tendríamos menos capacidad, según él, por vivir en una región que de por sí es mágica.

Pero no reconoceríamos lo mágico si no hubiera lenguaje y ejemplos que lo definieran para nosotros. Baltasar Gracián escribió en El criticón sobre Vejecia, la Cueva de la Nada y la Isla de la Inmortalidad. La Arcadia de Lope de Vega metamorfosea a personajes de su tiempo en pastores enamorados y los coloca en aquella tierra idílica, inexistente, que se abrió paso en la imaginación de varios siglos. El purgatorio de San Patricio, de Calderón, contiene la historia de una cueva donde un penitente arrepentido puede ver el infierno, el purgatorio y el paraíso. El texto fundacional de la literatura mexicana en castellano: el Sueño, poema central de Sor Juana Inés de la Cruz, es un viaje visionario por el cosmos en busca de la iluminación, y un siglo después de ella el franciscano Manuel Antonio de Rivas publicó un opúsculo que describía a la Tierra vista desde la Luna: la esfera celeste transfigurada en espacio accesible a lo humano. Sor Juana y de Rivas están en la misma tradición que el Somnium Astronomicum del astrónomo Johannes Kepler y que muchos otros.

Más todavía: aquí, en América, tenemos además de ellos, trasplantes del castellano entre nosotros, todas las historias que no están contadas en este idioma y que han sobrevivido, a pesar de condenas y destrucciones centenarias. En alguna de las cinco casas de Xibalbá, el inframundo del que nos cuenta el Popol Vuh, el demonio andino Supay, confundido con Satanás por los cristianos, se reúne con Pacha Mama, diosa inca de la tierra, ella misma un lugar y, de hecho, todo lugar. Desde arriba los observa Nanahuatzin, el dios pobre que se convirtió en el quinto sol cuando se tiró al fuego en la sede mítica de los dioses en Teotihuacan. Y desde lejos, bajo el árbol de flores que les está reservado en el centro del Tlalocan, los miran los muertos poetas, para mejor cantarles. Este encuentro no es más desconcertante que los cruces entre personajes de tradiciones y obras occidentales que son costumbre de la cultura pop. Y es uno de muchos que apenas ahora, y de forma todavía incierta y vacilante, comenzamos a ver escritos, y agregándose a los ya existentes.

En cuanto a lo que se escribe ahora, sólo en México tenemos una lista no despreciable de lugares fantásticos, más amplia y mucho más diversa, de hecho, que los ejemplos clásicos ya mencionados. El reino de Gofa, de Hugo Hiriart, y el reino de Alosna, de Verónica Murguía; la ciudad de Penumbria, donde siempre son las cinco de la tarde, que visitó Emiliano González; la tienda de ataúdes vivientes y el palacio de los Cincuenta Libros, vistos en los cuentos de Francisco Tario; la cripta de los vivos muertos de la obra Un hogar sólido de Elena Garro; el subterráneo donde acechan guerreros antiguos de “La fiesta brava” de José Emilio Pacheco; la Gruta del Toscano, que a lo mejor lleva al infierno, de la novela de Ignacio Padilla; las guaridas de los vampiros de Adriana Díaz Enciso; los museos de Metaxiphos, según Salvador Elizondo, y del futuro salamandrino, según Pablo Soler Frost; el país de Anáhuac, capital del imperio Mexica que rechazó la invasión española y luego conquistó Europa, del cuento “Crónica del Gran Reformador” de Héctor Chavarría; la ciudad sin pájaros de Karen Chacek; el pueblo de Remadrín, estado de Capila, del país llamado Mágico, que Daniel Sada retrató largamente en la novela Porque parece mentira la verdad nunca se sabe. Otros hemos agregado ciudades y barrios, fronteras como paisajes de otro planeta, departamentos de geometría incierta, diez o cien mundos completos, planicies devoradas por los zombis, torres y jardines, portales que llevan de la Gran Oscuridad a ciertas calles coloniales y católicas. Etcétera.

***

Hay que terminar estas palabras con dos visiones del Paraíso: el lugar fantástico por excelencia, siempre inalcanzable, siempre superior a la vida humana, resumen de nuestros deseos y (por reflejo) de nuestras frustraciones y nuestra finitud. Es lo más difícil de imaginar: es el lugar, o los muchos lugares, en que la conciencia está a tal distancia enorme del mundo material que acaba llegando, como si cerráramos un círculo, a la misma realidad, porque nos recuerda que también es posible, y de hecho necesario, el empeño en imaginar un estado de cosas distinto aquí, ahora, entre nosotros. (En especial en países como el nuestro, afligidos por la impunidad, la corrupción y la violencia ciega y bestial, entrenarnos a imaginar así es imprescindible.)

Una de las dos visiones del Paraíso que quiero mencionar está en la obra de Lewis Carroll: es el poema al final de A través del espejo, en el que el Caballero Blanco, nos dice la tradición, es quien se despide de Alicia, como representante o máscara del reverendo Charles Lutwidge Dodgson, que acaso veía a su personaje, como a su amiga de la vida real, alejarse de él sin remedio, y dejándolo solamente con el recuerdo de la felicidad de un día remoto, un paseo por el río y una historia. Aunque ya ha pasado el tiempo, algo de Alice y de sus hermanas queda retenido en la memoria:

Children yet, the tale to hear,
Eager eye and willing ear,
Lovingly shall nestle near.
In a Wonderland they lie,
Dreaming as the days go by,
Dreaming as the summers die:
Ever drifting down the stream —
Lingering in the golden gleam —
Life, what is it but a dream?

O en español:

Niñas aún, el cuento por contar,
Ojos ansiosos y el oído puesto,
Amorosas vendrán para reunirse.
Están en un País de Maravillas,
Soñando mientras pasa cada día,
Soñando mientras mueren los veranos:
Flotando para siempre en la corriente—
En resplandor dorado suspendidas—
¿Y qué es la vida, sino sólo un sueño?

Carroll sabía, como sabemos todos nosotros, que la vigilia es la tierra de donde brotan los sueños. Que unos y otra se tocan, y que ambos son partes de la vida. Pero su modelo aquí bien podría haber sido el otro Paraíso que me importa mencionar, el que con más honor recibe ese nombre en toda la historia de la literatura: la tercera y última parte de la Divina comedia, a la que tal vez no llegan tantos como deberían, y en la que el peregrino, el personaje que es y no es Dante Alighieri, llega a su meta después de haber pasado por el Infierno y por el Purgatorio.

La Divina comedia es todo un mundo, un universo de la imaginación, y uno potente e insidioso como los de Borges y Cervantes, y tal vez hasta más aún. La leyenda dice que los italianos de su tiempo miraban a Dante y se decían “Mira, aquel es el que se fue al otro mundo”. Se lo creían, todo, y aún hoy nos lo seguimos creyendo: la cosmogonía de la cristiandad sigue profundamente influida por la visión de Dante y por el modo en el que eligió, con su imaginación poderosa, disponer el Más Allá a su antojo, creándole territorios y divisiones y poniendo a sus amigos y a sus enemigos donde a él, solamente a él, le parecía apropiado.

En el Paraíso, tras haber reencontrado a su viejo amor, Beatriz, Dante tiene una serie de visiones cada vez más grandiosas, cada vez más abstractas. Los ángeles, la luz interminable de la divinidad, son más y más y más bellas, más y más y más complejas, y por fin, ante un círculo que en realidad es tres y es Dios, justo cuando parece que vamos a llegar de veras a lo inefable, lo que ya no puede decirse, Dante llega: tiene un destello de comprensión que abarca y justifica el universo, y que no nos es compartido, y luego el poema termina:

A l’alta fantasia qui mancò possa; 
ma già volgeva il mio disio e ‘l velle, 
sì come rota ch’igualmente è mossa,

l’amor che move il sole e l’altre stelle.   

He aquí los mismos versos en la versión castellana de Ángel Crespo:

Faltan fuerzas a la alta fantasía;
mas ya mi voluntad y mi deseo
giraban como ruedas que impulsaba

Aquel que mueve el sol y las estrellas.

La resignación de Dante parece rendir su deseo ante la voluntad divina, la rueda del amor que impulsa al sol y las estrellas. Algo semejante le ocurriría unos trescientos años después a Sor Juana, y también, luego de otros trescientos años, al narrador de la novela cosmogónica Hacedor de estrellas, de Olaf Stapledon, que imagina incontables universos que se funden en una inteligencia suprema.

Casi es posible imaginar a Dante, primero, de pie en el Paraíso, único entre los hombres vivientes, ante lo indescriptible, más allá de todo límite del mundo, y luego, en un parpadeo, sentado ante su mesa, en su casa en la ciudad de Rávena, donde estaba exiliado de su natal Florencia. Escribiendo: exhausto por el esfuerzo y por la vida entera, y deseoso de continuar, pero incapaz de hacerlo, arrobado por la belleza de su propia visión: por la profundidad, la verdad escondida, los atributos, quizá, que no tenían nombre y todavía no lo tienen, de su visión.

¿Para qué intentar algo así? ¿Y para qué seguir intentándolo nosotros, ahora? ¿Para qué, ya no digamos hacer invenciones fantásticas, sino escribir siquiera?

Por una parte, Dante sabía que había hecho algo nuevo: no sólo una obra inmensa sino una obra en su italiano de todos los días, un idioma considerado vulgar y que apenas se abría paso en la literatura. Y él, como pocos, debía estar consciente de que semejante novedad era audaz, sí, pero también era imprescindible: de cómo cambian las lenguas, cómo cambia el pensamiento a partir de que las lenguas cambian, cómo nos vamos alejando de lo ya dicho, lo ya asentado, y por tanto debemos volver a decirlo, siempre, con las herramientas a nuestro alcance, con las palabras que somos mientras estamos vivos.

Por otra parte, y más cerca de nuestro tema, hay dos formas de ver el viaje del peregrino, su relato en la obra de Dante, el logro de su propio arte de la ilusión. La forma más habitual es ésta: Nadie ha vuelto a intentar hazaña semejante. Nadie ha vuelto a llegar a tal cumbre de la imaginación. Pero hay una forma mejor:

Todos, sin excepción, estamos volviendo a intentar una hazaña semejante. Una y otra vez, sin parar, en nuestras lecturas y nuestras escrituras. Desde nuestro lugar y nuestro tiempo. El mismísimo Dante no alcanzó lo que está más allá de las palabras. Probablemente nosotros tampoco lo haremos, pero debemos seguir intentándolo, por él y sobre todo por nosotros, por quienes estamos vivos y de pie sobre la Tierra y observamos lo que puede verse y lo que no. Los que tenemos experiencias afuera y experiencias adentro. La misión de la imaginación fantástica es aproximarse, para siempre: no dejar de perseguir la plenitud que el abuelo Dante vislumbró y no alcanzó a decir, pasmado ante la luz, y que además de fugitiva es siempre otra, igual que el pensamiento de los seres humanos. Esa plenitud nos espera, y nos llama, en los mundos de lo fantástico. Y nosotros vamos, siempre vamos, para allá, porque sólo entre todos podremos seguir dando fuerzas a la alta fantasía.

Publicado por Alberto Chimal

Escritor mexicano | Mexican writer

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.