Ensayos

Los libros de la casa

Los libros de la casa

Publiqué este breve ensayo en 2014, en Medium, una plataforma que ya no uso. Lo recojo aquí ahora.


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Yo nací en la ciudad de Toluca en 1970. Aquel, el siglo XX, realmente era un tiempo distinto: no había computadoras personales ni consolas de juegos ni teléfonos inteligentes ni tabletas. Con un solo televisor y una sola radio para una familia muégano, compuesta de mis abuelos maternos, mi madre y sus hermanos, dos primos/hermanos que llegaron poco después de mí y varios otros parientes que iban y venían, mis mayores comenzaron a leerme libros, sospecho, como una forma de tenerme tranquilo que no interfiriera con el entretenimiento de nadie más.

Y en mis primeros años me leyeron mucho. Si no un gran número de títulos distintos, sí muchas, muchas veces los que sí había. Mi madre y sus hermanas, mis tías, se turnaban. Los libros eran delgados, pequeños cuadernos en realidad, casi todos con un solo cuento infantil: la mayoría, hasta donde puedo recordar, eran adaptaciones muy simplificadas, y con grandes ilustraciones, de las películas de Walt Disney. Nadie me preguntó nunca, hasta donde sé, si hubiese preferido algo diferente, pero la verdad es que yo no tenía idea de que pudiese haber alternativas: los cuentos eran parte de la rutina tranquilizadora de la vida, objetos pequeños que dejaban salir palabras e imágenes y que no se agotaban nunca. Como a muchos otros niños, no me molestaba la repetición de la misma historia, de las mismas palabras, y no estaba buscando novedades, productos diferentes, otros “aspectos” de las mismas experiencias.

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Cuando pasé al jardín de niños, mis familiares dejaron de leerme.

Supongo que pensaron que las maestras podrían encargarse de continuar con mi educación. Por otra parte, en los jardines de niños no se enseña a leer y, hasta donde puedo recordar, no había tantas historias como yo hubiera deseado. Las actividades manuales me interesaban poco y los deportes menos. Y no dejaba de haber televisión en casa, por supuesto, e incluso tiempo para verla, pero no era lo mismo.

Tampoco es que pueda hacer una diatriba contra la televisión. Sin más historias a mi disposición en casa, sin manera de llenar por mi cuenta ese hueco que tenía en la vida cotidiana, yo aprendí a leer mediante la televisión. ¿Alguien recuerda aquel programa, Plaza Sésamo, versión latinoamericana de uno estadounidense en el que se usaban marionetas y actores? Yo aprendí a leer viendo al Conde Contar, al monstruo Archibaldo y a todos los otros personajes de la serie. No creo haber comenzado a ver el programa con el deseo de aprender a leer, pero el resultado fue el mismo: ya estaba asomándome a los libros para niños de mi casa, y a los otros también, alrededor de mi cuarto cumpleaños.

Y éste fue el momento. El verdadero descubrimiento de los libros, para mí al menos, tuvo lugar cuando ya sabía de su existencia y ya sabía leer: al aventurarme solo en la lectura, al asomarme sin guía a los libros de la casa.

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Allá no se leía mucho pero –eran otros tiempos– se compraban libros, quizá entre el deber de tenerlos como símbolo de cultura y conocimiento y el gusto de tenerlos como símbolos de estatus. Allí estaban. Nadie me dijo que los leyera, pero nadie me dijo, tampoco, que no lo hiciera. Pienso que no podía exigir más de lo que podían dar a mi madre y al resto de mis familiares, y que de haber tenido un guía lo más probable es que me hubiera constreñido, limitado, en vez de estimularme.

En los años que siguieron, sentado ante el librero del pasillo que llevaba a los dormitorios –en los que había alguien casi siempre, y por tanto no eran espacios propicios casi nunca– leí una colección de cuentos titulada Mitos y leyendas, traducción uruguaya de un original italiano, con versiones de historias populares rusas, y luego japonesas, y luego una versión en cuatro parte de El anillo de los nibelungos en la que Krimilda se llama Gutruna, y al final tres cuentos de Giambattista Basile, italiano del tiempo de Shakespeare y Cervantes. También leí a Philip K. Dick y a Ray Bradbury en ediciones españolas; a Poe y a Arreola en ediciones mexicanas; un poco de Terra nostra y bastante más de La cabeza de la hidra (muy inferior, pero también más accesible para un niño) de Carlos Fuentes. Y más.

En todos ellos encontraba, por encima de todo –y erróneamente, me dirían hoy algunos colegas–, el placer y la maravilla. Esto no ha cambiado, aunque en la actualidad necesite leer mucho por obligación o me encuentre, con frecuencia, leyendo por mero fastidio, husmeando por las noticias propagadas en las redes simplemente porque sí como cualquier otro adulto lo bastante privilegiado para tener acceso al mundo digital. El impulso esencial no ha cambiado, digo, y por eso, con los años, me he encontrado cada vez menos en sintonía con las novedades o los autores “del momento”: mis lecturas comenzaron azarosas y desordenadas y siguen siendo así aunque ahora sean más conscientes, porque las guía el mismo deseo de descubrir y porque, además, me toca vivir en una época de gran accesibilidad, de numerosas oportunidades para encontrar textos que en otra época habrían estado siempre fuera de mi alcance. Como no soy crítico ni académico, me resulta fácil internarme en las lecturas de otros, siguiendo las numerosas referencias cruzadas disponibles en todas partes, y encontrar allí lo que me puede interesar. Leer así no sirve para formarse en el conocimiento de un canon, pero si se aprende a discriminar y a formar una noción de gusto –si se aprende a “curar” lo que se va encontrando, se diría ahora– sí permite tener una vida de lector rica y diversa.

En la tarea de explorar y seleccionar, de abrirme paso por la abundancia tremenda de la red, me ayudan los dispositivos y herramientas digitales… hasta cierto punto. Si bien son una gran ayuda en todo proceso de búsqueda, y como herramienta de escritura ofrecen posibilidades enormes y muy emocionantes, no puedo evitar –por haber nacido cuando nací, por haberme formado como me formé– sentir alguna incomodidad con ellas a la hora de leer. No se trata del lugar común de la pantalla que lastima los ojos ni de nada parecido. Es, al contrario, que los lectores convencionales de libros electrónicos me parecen demasiado limitados, demasiado ceñidos a un solo modo de leer que es el lineal, secuencial, de las novelas más rutinarias. Es difícil saltar en ellos, salir de las secuencias preestablecidas como se supone que puede hacer el hipertexto. En estos días estoy comenzando con el Zibaldone de Giacomo Leopardi (1817–1832), gran antecesor de todas las posibilidades de la escritura y lectura digital, pero su edición electrónica no favorece el aprovechamiento de esas posibilidades. No puedo adelantarme a otra sección del texto principal a riesgo de perder el sitio en el que estaba o enredarme con marcas digitales; no puedo hacer a un lado la línea trazada por el índice como sí puede hacerlo el más humilde sitio web… Me valdría más una edición impresa si el Zibaldone fuera un libro común y no un volumen que sobrepasa las 4,000 páginas. Tal como está la situación, el problema no parece tener posibilidades de resolverse y habrá que pelear siempre con alguna herramienta imperfecta. Qué le voy a hacer.

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En años recientes he tenido que lidiar con problemas de depresión. El peor de sus efectos es que por temporadas me vuelve imposible la lectura. Pero las confrontaciones y cuestionamientos a los que me obliga me siguen permitiendo volver, tarde o temprano, a las páginas impresas o a las pantallas, que puedo alternar sin problema.

Me extraña cuando oigo o leo decir a algún colega que la lectura no fue importante en su vida temprana: que, digamos, creció jugando futbol, sólo por casualidad se enteró de la existencia de la literatura y empezó a escribir sin que le importara demasiado. Francamente, después de mucho tiempo de saber de historias similares (la del futbol la conozco en al menos tres versiones diferentes, contadas por otras tantas personas) he terminado por desconfiar de todas ellas y sospechar que son sólo parte de pose: que las características en la imagen pública de quienes aspiran a la celebridad son esas –la arrogancia, la actitud aburrida, el interés declarado por lo que gusta a la mayor parte de la gente–, y en cambio hace daño la impresión de ñoñería que el interés en la lectura da, por lo visto, a muchas personas.

En cuanto a mí, no veo que tenga sentido negar que uno de los tres o cuatro momentos culminantes en mi vida fue el descubrimiento de los libros, que ya conté.

Publicado por Alberto Chimal

Escritor mexicano | Mexican writer

8 pensamientos sobre “Los libros de la casa”

  1. Hola Alberto: Me son de mucha utilidad todos tus textos. Ya sean ejercicios o ensayos, etcétera.

    Este ensayo se redacta de una manera sencilla y muy amena. Como cuando surge esa plática sabrosa que al escucharse, no desea ser interrumpida, por lo interesante. Es un punto de vista del sentir auténtico y sincero, de aquella vivencia que en su momento se vive. Lo realmente difícil es describirlo con palabras, lo haces estupendamente. Nos dejas el permiso de asomarnos a la percepción de ese mundo interesante.

    Muchas gracias, por compartir.

  2. Irina dice:

    Claro que la narración es fresca y muy muy interesante. Todos empatizamos contigo en el tema.
    Viví con 5 adultos lectores mi infancia y sí, acaricie los libros existentes sin darme cuenta que alimentaba mi adicción.
    Gracias, me encantó

  3. Miguelina dice:

    Yo considero que todos nos iniciamos a la escritura, previas lecturas. Como dice Monica Llavín en su libro «Leo, luego escribo». Excelente texto, y saludos .

  4. Marcela López dice:

    Gracias por compartir este texto. Saludos

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