Anotaciones

Las demasiadas artes

"Los demasiados libros"

El otro día me hicieron una entrevista y me preguntaron qué opinaba de la sobreoferta de artes y cultura en internet. Hay demasiado, me decían. ¿Para qué sirve que haya tanto?

No era la primera vez que escuchaba algo así: el exceso se ve, me han dicho también, desde que se declaró oficialmente la pandemia, y una parte apreciable de la población del mundo se aisló para reducir la velocidad del contagio.

Libros, música, teatro, dibujos, pinturas, películas, obras de todo tipo han aparecido en todas las redes, por lo general ofrecidas sin costo por sus propios creadores. En el primer mes del encierro fueron especialmente abundantes, y difundidas con gran entusiasmo. Su propósito declarado es altruista: dar algo con lo que las personas puedan entretenerse durante la cuarentena y hacerla más llevadera…, pero quienes insisten en llamarle sobreoferta insisten también en que su volumen es excesivo.

Hay quienes agregan, incluso, que sus intenciones son cuestionables: que la mayoría de quienes tocan música en Instagram, mandan por Telegram sus libros en PDF, o bien enlazan en Twitter y Facebook a toda clase de videos de sus espectáculos e interpretaciones, sólo merecen llamarse «artistas» entre comillas, quieren únicamente dar gusto a su propio ego y contribuyen a que las redes sigan llenas de basura y ruido.

Después de las primeras semanas, la discusión que se dio en línea sobre este asunto se degradó, como es usual en nuestro tiempo, y se disolvió en muchas declaraciones de superioridad moral, observaciones sarcásticas y aforismos pedantes. No tiene caso citar nada de eso. La única pregunta interesante que queda de todo el asunto es esta: ¿realmente es demasiado lo que se ofrece, todavía, a través de internet?

Un grupo en una escuela de escritura creativa.

Yo pienso que no, y no por ser parte interesada en la cuestión (lo soy: me declaro culpable de haber subido libros míos para descarga gratuita en varias ocasiones, tener proyectos propios de difusión en línea, enlazar a sitios interesantes que me llaman la atención, y de hacer lecturas y charlas en video, gratuitas, sobre temas relacionados con la literatura: lo he hecho desde años antes de la pandemia).

Para empezar, mucho de lo que en estos meses se ha observado ya estaba allí. La internet pública que conocemos (la llamada red mundial, más allá de los confines de las redes sociales) ha estado acumulando información durante décadas, y en ella se encuentran archivos digitales de artes de todo tipo. Bibliotecas, institutos, universidades y otras asociaciones han estado difundiendo en redes sociales sus publicaciones y archivos durante años, igual que creadores principiantes y consagrados, con o sin éxito comercial. En estas semanas, la pandemia hizo que muchos de ellos fueran más visibles, porque sus publicaciones se relacionaban con las medidas de mitigación y contención de la enfermedad.

Para seguir, ¿por qué no se habla de la sobreabundancia de notas sobre espectáculos o deportes, o de memes, o de supersticiones y teorías conspiratorias? El volumen de esas publicaciones es mucho mayor y es constante: antes de la pandemia la red estaba saturada de todo aquello, y después –cuando se pueda hablar de un después– lo estará también, sin duda alguna.

La respuesta a esta cuestión particular se encuentra no sólo en los hábitos de las poblaciones que usan internet, y para las que es normal encontrar esos tipos de contenido en sus pantallas; está también, desde luego, en el valor que –a sabiendas o no– se les asigna. Es como el perpetuo desacuerdo alrededor del precio de los libros, comparado con el de otros productos. Aun en los lugares donde no hay desigualdades en el ingreso tan enormes como las de este país, si una persona está convencida de que un producto cultural no vale lo que una cerveza o una prenda de lujo, no hay precio lo suficientemente bajo como para persuadirla de probar aquello que no le gusta; de igual manera, cualquier incremento de la visibilidad de los productos culturales en línea puede verse como un exceso si no estamos acostumbrados a ellos, o si –peor aún– nos parecen estorbosos, o inútiles.

(O cuando se ven como señales de una atención inmerecida; en estas semanas, algunas de las críticas más feroces contra los artistas que publican en línea han sido de otros artistas. Pero, de nueva cuenta, no tiene sentido citarlos aquí.)

Para quienes creemos que las artes tienen un valor más allá del entretenimiento o la distracción (y ni uno ni otra tienen nada de malo, por lo demás), este tiempo de pandemia ha sido muy preocupante: como siempre, las autoridades de muchos lugares han empezado a recortar presupuestos y apoyos a organizaciones educativas y culturales sin darse cuenta de que las sociedades golpeadas por la pandemia las necesitarán para repararse, para dar un asidero a sus poblaciones y ofrecerles, además de conocimientos imprescindibles, un sentido para sus esfuerzos. La precariedad en la que viven muchas personas dedicadas a las artes –muy lejos de la imagen prejuiciosa del sibarita encerrado en su mansión– va a hacerse más intensa y más angustiosa.

Y, al mismo tiempo, este periodo ha sido muy esperanzador, porque hemos visto que las publicaciones en línea sí han tenido un efecto. Nunca ha sido tan enorme como el del video de un youtuber popular, o la última polémica entre dos figuras del deporte o el espectáculo. Pero es real. Al menos una parte de la «sobreoferta» de hoy ha incidido en las vidas de muchas personas. Y esto no hubiera sucedido en otras circunstancias, es decir, si no hubieran aparecido una necesidad nueva: la de algo más que hacer durante el encierro en la pandemia, y una nueva oportunidad, o muchas oportunidades, al alcance de las personas con acceso a internet. Tal vez, entre las muchas cosas que podríamos comenzar a cambiar –insistir en cambiar– cuando volvamos a la «normalidad», podría estar el mantener abiertos esos canales que se crearon por necesidad y mediante tanteos. Un solo ejemplo reciente, que menciono porque lo vi de cerca: esta charla, que dimos ayer dos colegas y yo como parte de una feria virtual del libro, tuvo setecientos espectadores en vivo, sumando los varios canales por donde se transmitió. Nunca hubiéramos esperado tanto público en un foro «real».

Soles artesanales en una pared de San Miguel Allende, Guanajuato.

Publicado por Alberto Chimal

Escritor mexicano | Mexican writer

5 pensamientos sobre “Las demasiadas artes”

  1. MARCELA GEORGINA LÓPEZ HERNÁNDEZ dice:

    Gracias por compartir tus comentarios y reflexiones. La verdad sí he visto la oferta de cultura, pero por estar trabajando en casa no he podido aprovechar. No me enteré de la discusión absurda de si es demasiada la oferta, porque francamente nunca será demasiada.
    Agradezco también enterarme de la mesa Narrativa de lo extraño. La estaré escuchando mientras trabajo.
    Mil gracias por compartir las ideas.

  2. Victor González dice:

    Muchas gracias por tener este espacio y por subir tu obra para su descarga gratuita. Leyendote también me vino a la mente la gente que está pegada al Tik Tok, y cómo esto no es tema en cuestión. LLegue a este espacio varias semanas atrás a razón de encontrar textos que me abrieran la imaginación para ilustrar algo. Soy licenciado en artes plásticas, y he encontrado enriquecedor leer cuentos para poner a la mente a imaginar espacios, situaciones y escenas. Ví el video de tu canal de youtube : poesía para la cuarentena/ cosmología esencial. Me pusé a buscar el libro en línea y comprendí que era muy díficil encontrarlo para su venta en México. De lo que leyeron en el programa me cautivó la comparativa que hacía el autor entre la metáfora y un león o tigre que entra en medio de una habitación; me pareció hermosa. Saludos desde Mexicali, B.C.

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