Ensayos

Emiliano González en dos tiempos

El que sigue es un ensayo que escribí hace 15 años, en 2005. Apareció en un sitio que teníamos entonces, Fatal Espejo, y ahora sólo se puede encontrar en el Internet Archive. Después de volverlo a leer, me parece que ya no escribo igual y quizá no estoy de acuerdo con todo lo que creía entonces. Pero no importa: me sigue pareciendo que Emiliano González –el autor mexicano de quien trata el ensayo– es una figura extraordinaria y que merece más lectores de los que tiene en la actualidad. Apenas he hecho un par de enmiendas al texto.


1. El imaginador

Este año, no sé exactamente cuándo, cumple 50 el autor de Los sueños de la bella durmiente: Emiliano González, nacido en 1955 en la ciudad de México.

Éste es, como muy pocos escritores mexicanos, lo que se llama un autor “de culto”: con poca o ninguna presencia en el medio literario nacional y ninguneado, a la mexicana manera, porque los temas que trata en sus libros están muy lejos de los lugares llamativos (política, relaciones de pareja, desidia terminal, violencia urbana, etcétera) donde la escritura, pobrecita, se puede codear con lo que sí está de moda. Por lo tanto, sus libros no se reimprimen y sólo es dable encontrarlos mediante alguno de esos azares inexplicables.

No sé si algo querrá decir el que este azar me haya ocurrido a mí, y en tres ocasiones, a fines de los años ochenta. Primero leí Miedo en castellano (1973), una antología de relatos fantásticos que González compuso en su adolescencia pero en la que hallé por primera vez a García Márquez, a Cortázar, a José Emilio Pacheco, a Octavio Paz (!) a Manuel Peyrou y a María Elena Llana; luego, Casa de horror y de magia (1988), una colección de cuentos muy diversos cuya rareza era evidente: había textos eróticos sin descripciones entusiastas, cuentos de horror (en una época que ya no los juzga posibles) y relatos de ciencia ficción libres de explicaciones ñoñas y del menor entusiasmo por la “tecnología más avanzada”. Por lo demás, ninguno de estos libros permitía estar listo para Los sueños de la bella durmiente, reunión de poemas y relatos escrita bajo los auspicios del Centro Mexicano de Escritores y ganadora, en su día, del Premio Xavier Villaurrutia.

El libro ha sido pertinentemente alabado, aquí y allá, y fragmentos suyos se pueden encontrar en antologías (dos que tengo cerca son la Antología de la narrativa mexicana del siglo XX de Christopher Domínguez Michael y Cuento mexicano moderno de Russell Cluff, Guillermo Samperio, Luis Arturo Ramos y Alfredo Pavón). Pero ni así ha sido reeditado, y circula apenas como una rareza de alto precio entre libreros y bibliófilos. La razón puede encontrarse, además de en los propios textos, en el hecho de que su intención (lo que de ella se ve en sus atmósferas, sus afectos literarios, los recursos de su lenguaje) va en contra de todos los movimientos literarios de su tiempo –y de éste– y tiene como fin, al modo de los decadentistas de fines del siglo XIX, rebelarse contra los excesos de la literatura “naturalista” y de sus pretensiones de tener la verdad y, encima, poder reproducirla mediante signos sobre el papel; del afán todavía presente, diría tal vez González, de subordinar todas las posibilidades de belleza en el lenguaje a la sordidez o la estulticia, el mercantilismo o la conveniencia política: “[varios textos previos] sirvieron para ejercitarme en la fatigosa tarea de socavar los cimientos de la naturaleza”, escribe en un epílogo, “pero lo que ahora me ocupa es el proyecto de volar el edificio entero y de suplantarlo por un alcázar en llamas, por una mezquita digna de mis ángeles y mis demonios: un gran éxtasis formado de innumerables visiones, únicos materiales dignos de ese monumento sagrado”.

Ese edificio fabuloso puede entreverse, en efecto, en los textos de Los sueños de la bella durmiente porque todos están regidos por la misma voluntad arbitraria y despreocupada, pero llena en la escritura de rigor y de respeto por varias figuras tutelares (Machen, Borges, Lovecraft, los modernistas…) que “dictan” al autor sus visiones. La sensación que se produce desde los primeros momentos de la lectura es la de penetrar en un espacio mágico, cerrado en sí mismo por reglas oscuras e inviolables pero a la vez abierto a la contemplación, a un placer sin culpa. No olvidaré nunca, entre otros momentos de la lectura, el de “Rudisbroeck o los autómatas”, la novela corta que abre el libro y que dibuja a Penumbria, la ciudad del otoño perpetuo en la que los monstruos y los ángeles de sueños numerosos se encuentran en otro sueño: “un espejismo trémulo, como una alucinación difusa que va tomando el aspecto, conforme avanza el viajero, de un conglomerado de torres, agujas y murallones cubiertos de enredadera”… El juego del texto, que es la historia de una búsqueda que no llega a ningún sitio, de un amor contrariado que no se resuelve, de innumerables prodigios y dolores, es que todo nos arrebata –el anticuario maldito, los androides asesinos, los cuartos que se alimentan de humores humanos– pero nada importa, nada es una realidad “otra” que al final se nos imponga y al fin el autor, como los llamó, despide a sus fantasmas y nos devuelve al vacío: la imaginación (parece decir) tiene sus propias reglas, que uno debe aceptar en razón de su virtud o de su horror y no de ningún acuerdo con lo pertinente, lo actual, lo “verdadero”.

Otros libros escandalosos y queridos de González: El libro de lo insólito (1989), una recopilación de textos de diversos autores hecha en colaboración con Beatriz Álvarez Klein, y Almas visionarias (1987), un conjunto de ensayos y notas breves en los que el escritor ataca todas las solemnidades y tonterías de la literatura y alaba a textos caprichosos y bellos, desde El pueblo blanco de Arthur Machen hasta Salamandra de Efrén Rebolledo. Del primero recomiendo los ensayos en los que se define la poética del escritor y se insiste en el poder de la palabra y la fantasía, contra las costumbres más comodonas de nuestra literatura.

2. Anónimo (una historia verdadera)

Luego del comienzo espléndido de Los sueños de la Bella Durmiente la obra de Emiliano González ha sido escasa y, hay que decirlo, menos brillante, pero sobre todo ignorada, puesta en el cajón de los “excéntricos” mexicanos (incluso por sus antologistas) y olvidada allí. Tal vez sea, de verdad, que a González nunca le ha interesado hacer “carrera” literaria; cuando menos, su libro más reciente: Neon City Blues (2000), es un gesto de desdén insuperable (e impensable para casi cualquier otro escritor) por las expectativas y convenciones del “medio”. Dos novelas breves según su contraportada, el volumen es en realidad un par de relatos seguidos de un “Epílogo” que finge explicarlos; además, los relatos son textos inacabados, por momentos torpes y llenos de efusiones adolescentes; además, el “Epílogo”, que llena él solo la mitad del volumen, apenas los menciona, y en cambio habla (delira) sobre mal y del placer, varios autores que importan a González y las distorsiones producidas por la mala lectura, todo sazonado con comentarios autobiográficos y referencias a Jimi Hendrix, Ken Kesey, los Hell’s Angels…

¿Qué hacer con semejante libro? La pregunta es retórica, pero una respuesta posible está en un ejemplar con glosas de Neon City Blues que yo encontré en una librería de viejo a fines de 2004; otra persona, acaso la primera en adquirir este ejemplar –aquí lo llamaré “Anónimo”, aunque nada en sus palabras ofrece pistas sobre su sexo–, anotó varias de sus páginas con bolígrafo antes de deshacerse de él.

Su propósito pudo haber sido orientar (o ahuyentar) a un segundo lector de González, pues en la guarda advierte Léase bajo su propia responsabilidad (no vale la pena) y su opinión sobre las diabluras del escritor es, desde luego, evidente; sin embargo, los comentarios son aleccionadores porque son menos una reseña bien estructurada, y consciente de sus propios efectos, que el testimonio de un lector no profesional –esa especie en extinción– y de su contacto privado con el texto. Y Anónimo, quien deja ver una relación afectuosa con lo que le interesa de los libros, no es por tanto un lector representativo, esa otra imposibilidad, pero muestra su situación, que es la de miles, de un modo inusualmente sincero: a la busca de dejar atrás –por las razones de González o por otras– las formas y costumbres que juzga caducas o reprobables, buena parte de la literatura actual se ha alejado sin remedio de él.

Anónimo comienza y termina molesto: Hubieran publicado mejor “Mexico City Blues” de Jack Kerouac. ¡Y no esta madre! (p. 3), aunque procura articular y razonar su enojo en sus anotaciones, hechas sobre todo al ensayo y basadas, se nota, en la experiencia de leer Neon City Blues sin agrado pero hasta el final, con esa disciplina que enorgullece aún a muchas personas. Tal vez su debilidad está en las referencias de las que parte al examen de la prosa de González –experto en libros y autores raros–, pues parecen más limitadas y ceñidas a las modas del presente; bajo su primer aviso, y a poca distancia de Kerouac, Anónimo invoca a Bukowski, quien (agrega) tiene razón: después de cierto tiempo de leer buena literatura, llega un momento en que cualquier libro es “pan con lo mismo”. Este fragmento, que alude al lugar común de los textos “sentidos” como superiores, sin importar su tosquedad, a los artificios exquisitos de la alta cultura, haría reír a González, quien defiende precisamente lo contrario, pero Anónimo insiste: ¿Qué carajos tiene que ver todo esto con nada? ¿Por qué se gasta papel en libros como éste? (Toda esta madre es sólo presunción de lo que este güey ha leído. ¿A quién diablos le importa?) (p. 126) Es un lector conservador en el sentido de que no le importan la intertextualidad ni el cuestionamiento de la tradición.

Otra prueba es su enfado ante el hecho de que “Neon City Blues”, el primero de los dos relatos, tiene este subtítulo ampuloso: “una novela gótica de pornografía y violencia”, que mina la utilidad de las etiquetas genéricas o simplemente no dice la verdad: Pues no vi ni una ni otra, responde. Esto no “espanta” ni a un niño. ¡Qué aburrido! (p. 11)

Nada de esto no significa necesariamente la existencia de una poética alternativa ni siquiera concreta. Justo al comenzar la supuesta justificación del “Epílogo” [p. 57], un comentario produce al mismo tiempo tres efectos distintos. Anónimo, sabedor de lo que González dice en las páginas subsecuentes, objeta: Para el arte no hay justificación. Se crea y ya, lo que en otras circunstancias podría haber sido dicho por el mismo González; inmediatamente después, no obstante, cita sucintamente a Maiakovsky: “El arte no es un espejo, es un martillo”, con lo que atempera el tono nihilista que podría [desde Bukowski] adjudicarse a otros comentarios, y a la vez da a entender que cree en la utilidad del arte…

Pero hay momentos en que el intercambio escritor-comentarista da para imaginar metáforas e imágenes novelescas. Por ejemplo, mientras González repite que “Es bueno que el autor explique acerca de su obra” [p. 77], Anónimo machaca lo contrario [es idiota, concluye], pero de inmediato González revira: “debido […] a la manía de distorsionar el significado de la obra que tienen ciertos lectores de mala calidad”. Ambos han lanzado a la vez un recto a la mandíbula del otro, y no lo han tocado.)

Pero al concluir la segunda lectura la impresión que queda es desoladora. Si Anónimo se cree un lector más comprometido, más preocupado por lo que la literatura en verdad puede decir y menos por las costumbres y lo políticamente correcto, González podría ser su aliado. La literatura fantástica también puede ser subversión, cuestionamiento de nuestras imágenes fijas del mundo, y esta idea no aparece nunca aunque González no ha dejado de insistir en ella desde Miedo en castellano. Tal vez el escritor será para siempre un solitario, una isla en la literatura en español, por elegir precisamente las técnicas y temas peor entendidos para hablar de la libertad.

Por otra parte, tal vez me equivoco. Ahora que están tan de moda el dolor y el mal como temas literarios, esta frase de González: “Si en el arte el mal debe ser verosímil pero no doloroso, el bien puede ser inverosímil para llegar a la esencia del placer, lejana de toda circunstancia” (p. 65) resulta de lo más pertinente. (¿Qué pensará Anónimo –qué pensarán los lectores como él– del arribo de muchos de los procedimientos que deplora en González a libros que probablemente le interesan, como sucede en Austerlitz de W. G. Sebald, en El desbarrancadero de Fernando Vallejo o en 2666 de Roberto Bolaño?)

Respetuosamente, concluyo esta nota con un mensaje: si usted fue quien glosó aquel ejemplar de Neon City Blues, le invito a platicar de esos márgenes en blanco.

Emiliano González

Publicado por Alberto Chimal

Escritor mexicano | Mexican writer

2 pensamientos sobre “Emiliano González en dos tiempos”

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