Anotaciones

Aniara (y otras historias de la descomposición)

Empezamos ya a intuir que este espacio en el que bogamos es de clase diferente de la que pensábamos cuando en la Tierra revestíamos la palabra «espacio» con nuestra imaginación.

Empezamos a intuir que esta deriva es más profunda de lo que nos parecía, que el conocimiento es una candidez ingenua y que, a partir de una medida equis de una visión, ha dado en creer que el Misterio tiene estructura.

Ya empezamos a intuir que lo que llamamos espacio y cristalinidad en torno al casco de Aniara es espíritu, eterno espíritu inaprehensible; que nos hemos perdido en el mar del espíritu.

Aniara, Harry Martinson

Para encontrar fuerzas y persistir en la irrealidad constante del tiempo de pandemia; para pensar en ésta sin limitarnos a repasar las noticias o rumores a los que nos hayamos vuelto adictos; para ir más allá de ella, tal vez, hacia lo que sea que nos espere, puede ser útil (también) ir más allá de las recomendaciones habituales de distracción o de “obras pertinentes”, es decir, de novelas, artículos o películas acerca de pandemias literales. La verdad es que casi siempre llegamos a esas obras en busca de confirmación de lo que ya creemos saber, y que cabe en un meme. Ha habido abundante evidencia de esta bobería de nuestro pensamiento en lo que va de este año.

En cambio –y si no les molesta una experiencia perturbadora, de superficie oscurísima y pesimista–, se puede buscar obras como Aniara (2019), una película de Pella Kågerman y Hugo Lilja.

Aniara está en ese territorio extraño de lo no-Hollywood. Su guión, hecho por los mismos directores, está basado en el libro del mismo título, publicado en 1956, del poeta sueco Harry Martinson. Autor de origen proletario y vida (al parecer) torturada, Martinson ganó el Premio Nobel de Literatura en 1974, y su obra refleja preocupaciones sociales y políticas de su tiempo, incluyendo el temor de la guerra nuclear y las limitaciones del conocimiento humano. La Aniara de Martinson es un poema, lo cual no es tan extraño como podría parecer a la hora de pensar en una adaptación cinematográfica: es un poema narrativo, y más aún, un poema épico, vasto, que se deja leer como una novela, en la misma tradición de la Divina comedia de Dante u Omeros de Derek Walcott.

Más curioso es un detalle muy apreciado, en su día, por la Academia Sueca. Aniara se deja leer, específicamente, como una novela de ciencia ficción: la historia de una nave espacial que lleva a los últimos sobrevivientes de una guerra nuclear lejos de la Tierra, pero se desvía accidentalmente de su curso y queda a la deriva en el espacio.

Aniara deja la Tierra, devastada por el colapso ambiental.

Como esto ocurre en las primeras páginas del libro, y no en las últimas, es posible imaginar lo esencial de lo que sigue. El tema de la nave espacial que realiza un viaje larguísimo, poblada por una comunidad que debe mantenerse con vida y preservar su cultura en aislamiento durante generaciones, fue propuesto a principios del siglo XX como una posibilidad real para el desarrollo de la exploración espacial: en un ensayo de 1928, Konstantin Tsiolkovksy, el fundador de la astronáutica, describe un vehículo así, incluyendo ya la noción de que harían falta muchas generaciones para completar un viaje interestelar debido a la enorme distancia que nos separa incluso de los sistemas solares más cercanos. Para el tiempo de la publicación de Aniara, la idea era lugar común de la narrativa especulativa.

Sin embargo, el tono del texto de Martinson, de la película y de otras versiones existentes de Aniara es muy diferente de, digamos, el de obras encuadradas estrictamente como ciencia ficción y producidas desde las culturas de habla inglesa: digamos, novelas como La nave estelar (1958) de Brian W. Aldiss o películas como Interestelar (2014) de Chistopher Nolan. En estas historias más típicas, el crear una comunidad en el espacio, aislada por completo de los biomas de la Tierra, se contempla como un proyecto virtuoso, que puede salir bien o no, pero siempre tiene la posibilidad de salvarse sin importar el tiempo transcurrido en el vacío. Por el contrario, Aniara narra el descenso, la desintegración total, de la sociedad que se forma en la nave, obligada por las circunstancias y sujeta desde el comienzo a una enorme presión. La nueva sociedad es un grupo heterogéneo de pasajeros que únicamente desea salir de la Tierra y, tras un vuelo de unas pocas semanas, parecido al de un crucero, asentarse en un sitio habitable (en la película, este destino es Marte: un ambiente menos hostil que una Tierra devastada por el colapso ecológico). Pero, de pronto, los pasajeros quedan forzados a convertirse en pobladores: en una sociedad, y para el caso una sociedad condenada, en un viaje hacia la nada, sin esperanza. Hay quienes se corrompen por ansias de poder, quienes enloquecen, quienes matan, quienes forman sectas y crean supersticiones. Lo peor de la especie humana queda a la vista y se multiplica muchas veces.

Una plegaria al vacío.

De hecho, la película, por ser la adaptación más reciente, contagiada de las ansiedades de nuestro propio tiempo, podría verse como un ejemplo del cine de la descomposición (o el porno de la descomposición, quizá) que tanto abunda en la actualidad. Seguramente no hace falta describir a qué me refiero: todos hemos visto al menos una serie, un reportaje, una película sobre alguna comunidad que se derrumba y cuyos miembros, antes de morir hasta el último, empiezan a comportarse de manera cada vez más errática y destructiva. Si hay alguna concesión al sentimentalismo, habrá un personaje sensato, incapaz de contener la locura a su alrededor, solo ante sus antiguos compañeros convertidos en bestias, pero que al final sobrevive milagrosamente.

Aniara no es muy apreciada, sin embargo, ni por los aficionados del porno de la descomposición ni por los de la ciencia ficción en general. Muchos comentarios que aparecen en línea la consideran “aburrida”, “sin trama”, “incomprensible”. Las culturas occidentales ya no están hechas para apreciar obras artísticas hechas fuera de normas muy estrechas ni que reclamen verdadera atención, pero lo que sucede aquí es algo más y es significativo.

Lo que sigue es un spoiler, así que antes de leerlo busquen y vean Aniara.

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O no, si no quieren.

La nave nunca consigue corregir su rumbo y volver al espacio conocido. Y tampoco logra convertirse en una sociedad viable a largo plazo. Las máquinas se descomponen, los seres humanos se suicidan o se paralizan.

La película está dividida en secuencias de longitud variable, cada una con un subtítulo sobre negro en el que se indica, además, el tiempo transcurrido desde el comienzo del “viaje”. En el año 24 del mismo, una última escena con los pobladores de la nave Aniara nos muestra a un grupo casi muerto, reunido en un cuarto en ruinas y en el que casi no quedan luces que funcionen. El subtítulo de la secuencia –“El sarcófago”– tiene una intención clara, que se refuerza con la siguiente secuencia: más de cinco millones de años después de que la nave se desviara de su curso, y cuando en su interior no quedan más que restos irreconocibles flotando en la oscuridad–una quijada humana se adivina por ahí–, Aniara llega a un planeta, en un sistema solar de la constelación de Lyra: un planeta verde, quizá habitable. Pero ya no queda nadie para bajar a él y concluir la jornada.

Este planeta verde no es la Tierra.

Es una conclusión sumamente pesimista, desde luego, porque sugiere la impotencia de una sociedad –y de la especie– ante circunstancias que escapan a su control, sobre las que intenta influir únicamente cuando ya es demasiado tarde. (En tal sentido, por cierto, es una advertencia para este tiempo: ¿vamos a dejarnos llegar a una catástrofe ambiental irreversible?) Pero hay una segunda lectura posible, simultánea: todas las historias de la descomposición tratan, también, de lo que hacemos, como individuos, al enfrentarnos con la certidumbre de la muerte. El “sarcófago” no es únicamente la nave, la ciudad, el entorno que nos sostiene: cada cuerpo es el sustrato de la conciencia que lo habita, y será su ataúd. El tiempo de nuestra vida, cuya extensión en general desconocemos, es el que tardamos en llegar a ese estado último, del que no volveremos.

Los tiempos de crisis, como el que vivimos, nos fuerzan a reconocer esta verdad y a preguntarnos qué hacer en el periodo limitado que nos corresponde, si es que es posible siquiera hacer algo: si las circunstancias nos dejan al menos un mínimo de libertad; si realmente existimos solos, como temen o ansían algunos, o si existimos con otros. Aniara no responde esa pregunta, porque no puede responderla en nombre de cada persona que la vea, pero sí nos la pone delante. Ya se verá qué le decimos.

Tráiler de Aniara

Publicado por Alberto Chimal

Escritor mexicano | Mexican writer

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