Anotaciones

Anotación al 6 de enero de 2021

El Capitolio de Washington al atardecer del 6 de enero de 2021. (Fuente: Twitter)

Hace poco menos de cuatro años –de hecho, el día en que Donald Trump tomó posesión como presidente de los Estados Unidos, el 20 de enero de 2017– empecé a escribir una novela. La terminé bastante rápido. Hay mucha imaginación fantástica en ella, pero también un país remoto y raro, que al comenzar la novela está empezando a vivir bajo un régimen fascista. Un personaje deprimido observa lo que para él es la lenta caída de todo. Como a él, a mí me parecía estar viendo el ascenso de posturas autoritarias en más de un lugar del mundo.

Nadie quiso publicar el libro; no creo que sea tan malo, pero alguna persona me dio a entender que los editores podían considerarlo inconveniente (por ofensivo) o absurdo. Habrán creído que sucesos de la vida real como el que yo había tomado de ejemplo no podían llegar a lo que se describe como telón de fondo de la novela: un régimen kakistocrático –es decir, el gobierno de los peores– dedicado a la depredación y el fomento del odio, cuyo líder carismático y cruel le permite “normalizar” el mantenimiento de una desigualdad profundamente injusta y corrupta. O habrán creído que me refería a otros regímenes de otros países.

Ahora no recuerdo ese libro porque piense que los sucesos de los últimos años, o de hoy, 6 de enero de 2021, me están dando la razón.

(Por si no lo han visto, Trump, que perdió su campaña para reelegirse como presidente, ha insistido en que es víctima de fraude electoral desde antes de las votaciones. Junto con aliados y miembros de su partido, luego de fracasar decenas de veces al intentar impugnar los resultados, ha estado incitando protestas violentas, llamando incluso a miembros de grupos de ultraderecha que han sido responsables de actos terroristas.

Y hoy –que debía certificarse la votación en el Capitolio de la ciudad de Washington– una turba entró a la fuerza en el edificio y ocupó la sala donde sesionaban diputados y senadores. La multitud fue conducida sobre el terreno por miembros del grupo extremista Proud Boys. Algunos en la turba, los más vistosos, eran claramente fanáticos religiosos, idiotas haciendo cosplay o ambas cosas a la vez. Otros, menos visibles en las noticias, parecían tener intenciones de secuestrar o asesinar. Se han encontrado bombas caseras en diversos puntos de la zona. Etcétera. La policía apenas se resistió y no recurrió a la violencia usual contra otros grupos de manifestantes: todos los trumpistas eran blancos.

Es un intento de golpe de estado –un autogolpe, del estilo que conocemos bien en Latinoamérica– en el país más poderoso de la Tierra, que siempre había estado del otro extremo del garrote y ahora se ha vuelto por completo contra sí mismo. Y, por cierto, todo en medio de una pandemia.)

Sigo pensando (ejem) que tenía razón, pero la tuvieron también, literalmente, miles de personas que temían lo peor de aquel presidente estafador y mafioso –un individuo amoral, cuyos rasgos extraordinarios son todos negativos: egocéntrico, cobarde, racista, capaz de usar su vulgaridad de showman para atraer la atención de los medios y con una enorme capacidad para incitar al odio, así como para sujetar y corromper a quienes lo rodean– y de otros como Bolsonaro, Orbán, Modi, Erdogan. Nadie de quienes advertimos contra ellos, contra el ascenso de un nuevo tipo de fascismo en este siglo, ha tenido que arrepentirse. El modelo neoliberal que rige a occidente sigue en picada; millones de personas son desplazadas de sus sitios de origen por guerras y colapso ambiental, o padecen condiciones de vida cada vez más precarias, a medida que la riqueza del mundo y la autoridad política siguen acumulándose en cada vez menos manos, la depredación de los recursos naturales del planeta no se detiene y aumentan los males debidos a la desinformación y los discursos de odio. Los autoritarios de nuestro tiempo avivan esos fuegos.

No han faltado avisos, pues, de lo que ya sucedía en la década anterior ni anticipos de mucho de lo que se ve ahora.

Pero lo que pienso en este día es esto. ¿Por qué no se nos hizo caso? Habrá gente importante capaz de explicarlo o al menos de brindar alguna ficción consoladora. A mí me parece que parte del problema ha sido siempre una enorme falta de imaginación. No solamente de la literatura, sino de todo el pensamiento occidental: una propensión excesiva a rehuir la especulación acerca de nuestro futuro, el de la especie humana, por creer que «nada es para tanto», «todo tendrá arreglo», «las cosas no podrán ponerse tan mal», o simplemente «esto es deprimente: mejor hablar de otra cosa». Es una noción con justificaciones de abolengo: un lugar común que existe desde la antigüedad es la idea de que los seres humanos nacen y mueren, las naciones surgen y caen, pero el mundo natural, la Tierra, ese otro telón de fondo, permanece. George Steiner escribió bellamente de cómo se halla esa idea en la obra de Tolstói; nuestra cultura popular actual, que vive de reciclar y repetir la misma historia (las mismas propiedades intelectuales de las mismas grandes empresas) también apuesta por la idea del ciclo sin fin.

Por esto nos toman por sorpresa las vueltas de tuerca, las historias que se salen de los moldes habituales, los finales súbitos, los lentos declives de las cosas.

Publicado por Alberto Chimal

Escritor mexicano | Mexican writer

3 pensamientos sobre “Anotación al 6 de enero de 2021”

  1. Isaías Espinosa dice:

    Estimado Alberto Chimal:

    Disfruté tu texto «Anotación al 6 de enero de 2021». Me hizo pensar (no estoy presumiendo).

    Y hablando de pensar: creo que el gran problema de nuestra Aldea Global no es la carencia de mentes brillantes y creativas, que las hay, como la tuya, sino que la mayoría de ellas permanecen calladas y aisladas por la insana distancia. En fin…

    Aprovecho la ocasión para felicitarte por tu cuento «Fideo» que recién acabo de leer. Me sorprendió de principio a fin.
    Isaías Espinosa

Responder a Alejandro J Perez Gonzalez

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