Anotaciones

Las ciudades se caen

Este es un cartel promocional de la primera temporada de la serie The Walking Dead. En su día se volvió famoso.

Cartel de The Walking Dead

Es una imagen impresionante, y a la vez es una imagen rutinaria: semejante a las de muchas otras historias apocalípticas. No me refiero únicamente a la figura del vaquero solitario (en realidad, un policía) que representa el espíritu individualista del héroe estadounidense: el macho proverbial que demuestra su astucia y su fuerza cuando la catástrofe lo «libera» de las ataduras de la civilización. Tampoco me refiero al lugar común de los trenes descarrilados o los automóviles abandonados. (Todos, por cierto, en los carriles que dejan la ciudad. Se ve muy bien, pero ¿en serio nadie tomó los otros carriles en un momento de pánico?)

El detalle adicional que me importa aquí, y que poca gente nota, es el de la ciudad en el fondo, que está abandonada pero de pie. No intacta (se ven cristales rotos y huellas de incendio, por supuesto a causa del combate contra los zombis) pero tampoco derribada. En ella es posible encontrar agua, víveres e incluso energía y refugio. Aunque los supervivientes suelen irse a zonas rurales, más apropiadas al ambiente general de western que tienen las historias estadounidenses de zombis, las ciudades se quedan en donde están, erguidas, como esperando tan sólo que alguien regrese para limpiarlas. Como si una vez que se les ha construido, fueran a perdurar para siempre.

Pero las ciudades se caen.

Desplome de un convoy del Metro de la ciudad de México el 3 de mayo de 2021 (fuente)

Ahora que escribo esta nota, ha pasado menos de un día desde una tragedia más en la ciudad de México: el desplome de un convoy del Metro (el sistema de transporte público más utilizado de la ciudad) al colapsarse bajo él un trozo de un paso elevado. El lugar donde esto sucedió es un barrio pobre, de los que más necesitan servicios como el Metro y de los que menos son atendidos por los gobiernos locales y federales. Peor todavía, el hecho preciso se veía venir: el convoy circulaba por las vías de la línea 12 del sistema, que tiene defectos de construcción desde antes de su inauguración en 2012 y que sufrió daños visibles, y nunca atendidos, durante el terremoto de 2017, justamente en el tramo donde anoche cayó el tren.

Se puede prever que ahora, por fin, habrá reparaciones, aunque sea por la atención mediática global que ha recibido el suceso. Se puede prever que algunos responsables (quizá no todos) reciban algún castigo. Es una historia que hemos visto muchas veces, y no sólo en mi país. La negligencia tiene muchas causas entre la corrupción, la malicia y la mera estupidez, pero esas son siempre cualidades humanas.

Personal de rescate extrae un cuerpo de los restos (fuente)

Algo que deberíamos aprender de lo sucedido anoche tiene que ver con lo que comentaba arriba. Un fallo de incontables historias apocalípticas (como The Walking Dead) es también el de muchas imágenes ideales de las ciudades. Si nos parecen abstracciones, sistemas que funcionan sin fricción ni desgaste, sólo comprendemos una parte de lo que hace falta para poder decir que una ciudad está viva y puede mantener con vida a quienes la habitan.

No es únicamente que los soportes de concreto estén donde deben estar. No basta que haya vidrios en las ventanas, cables en los postes o el subsuelo, generadores en marcha. No basta (como le escuché decir a un urbanista) que el sistema funcione y permita que los seres humanos sobrevivan mínimamente bien en el territorio de la ciudad. Los seres humanos somos la causa de que las ciudades sobrevivan. Las construcciones se derrumban (tarde o temprano, pero más pronto de lo que quisiéramos creer) si no hay nadie que les dé mantenimiento: que repare o cambie el concreto y los vidrios y los cables, que mantenga encendidos los generadores. Nuestras complejas, espectaculares civilizaciones siguen descansando en el trabajo duro, constante, de muchísimos de nosotros: de personas cuya labor, en general, no se ve desde los pisos más altos, desde los helicópteros que sobrevuelan las calles y los barrios. Ignorar el esfuerzo que se necesita para que una ciudad no se caiga es un privilegio: uno que implica un grave riesgo.


En una novela mía de tema futurista, La noche en la zona M, quise pensar en ese desgaste y describo una ciudad de México que, debido a varias calamidades, simplemente ya no se puede mantener. Ya no hay suficientes personas. Entre unas pocas regiones habitadas, en las que se sobrevive apenas, hay amplias regiones devastadas que, cuando mucho, llegan a ser nuevas minas, de las que se extraen las pocas «materias primas» que quedan. La imagen tiene precursores en muchas literaturas, incluyendo la mexicana (yo pensaba un poco en este gran cuento de Arturo César Rojas al escribir la novela), pero se podría tener más en cuenta, y repetir más, en el presente. Como reflejo de lo que piensan las personas concretas de su momento, la literatura no tendría que limitarse a reflejar lo que sucede en el ahora. También necesita recordarnos que tenemos un futuro, que no está escrito y que puede ser mejor, o peor, dependiendo de lo que hacemos.

Publicado por Alberto Chimal

Escritor mexicano | Mexican writer

14 pensamientos sobre “Las ciudades se caen”

  1. Osvaldo dice:

    Muchas gracias por el post. Desde Chile un afectuoso saludo.

  2. Vaelico dice:

    Tragedias que conmueven e incomodan. Es cierto, las ciudades por sí mismas no son más que espacios muertos que caerían más rápido de lo que imaginamos. Creo que nuestro ego como especia nos hace pretender ser algo que ni de cerca llegamos a ser.

    Saludos maestro.

  3. Rogelio dice:

    Wowo me encanto en donde podemos encontrar tu novela ?

  4. Pili Moreno dice:

    Veo el futuro… pienso en Leonard Cohen…

    1. «Cuando dicen ‘arrepiéntete’ / no sé a qué se refieren», como cantaba don Leonard…

  5. Maestro, en concreto pienso que este gran monstruo que es la ciudad, como si fuese una mole viva, crece y muere al mismo tiempo, somos acaso los parásitos encargados de mantener la sustancia de vida de este gran ente que al mismo tiempo nos va mermando conforme rebasamos sus propias capacidades . Es probable que así sea, no obstante al ser tan distantes en dimensiones nos resulta difícil apreciarlo como tal. Preferimos entonces desatar nuestra ira, frustración o lo que tengamos que opinar contra quienes se ocupan de la parte operativa de este sistema, la frustración y la impotencia de evitar daños colaterales nos obliga a ello, pero seguimos devorando y produciendo los medios que nos facilitan la estancia aquí, en esta ciudad que no deja de crecer y mucho menos de morir en algunas partes cobrando saldos que son necesarios pero duros de aceptar. Gracias por su texto

  6. Martin Martinez Hernández dice:

    Cierto, hace falta más imaginación para construir el futuro desde el presente.
    Siempre he pensado que era una proeza el que la ciudad de México y zona conurbada se mantuviera funcionando y no colapsara a pesar del robo de los presupuestos.

    1. Y de hecho se podría decir que la proeza no estaba sucediendo, porque el desgaste sucedía (sucede) poco a poco…, tan despacio que muchas veces nos permitimos ignorarlo. Gracias por leer.

  7. Karenn dice:

    Muy atinada tu entrada Alberto, creo que los últimos años nos han mostrado que nos dormimos en los laureles, con tanta tecnología se ha quitado el ojo de lo cotidiano, ésta costumbre de usar y desechar, de precarizar, de creer que el papel de baño simplemente aparece. El cambio climático, los recursos naturales perdiéndose, tenemos que sentarnos a reflexionar, porque al final siempre se tratara de victimas perdiendo la vida, empezando por lo que siempre están buscando la forma de sobrevivir.

    1. Estoy de acuerdo con eso, Karenn. Muchas gracias por leer.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.