Anotaciones

Cincuenta y uno

If you could do it all again
Big deal, so what?
Please let me know
When you’ve had enough

«Dawn Chorus», Thom Yorke

Hace un año puse una nota aquí para marcar que cumplía los cincuenta. Nada ha cambiado mucho desde entonces: seguimos en pandemia, los ecosistemas se siguen deteriorando, el fascismo y el autoritarismo siguen al alza (aquí, en tiempos recientes, como farsa; ojalá que no llegue a tragedia) y seguimos distrayéndonos con las locuras e imbecilidades de cada día.

¿Lo anterior suena apocalíptico? Tengo claro que es muy fácil confundir mi propio deterioro como ser humano (como cuerpo, como simple materia que soy) con el del entorno que me rodea. Es de lo malo de envejecer, no tiene remedio, y ya hasta escribí acerca del tema, así que no hay necesidad de volver a hacerlo aquí. Es una dificultad que exige esfuerzo y vigilancia constantes, para encontrar lo que no es infierno en un mundo infernal –como decía Italo Calvino– y también en el propio interior.

(Lo he dicho en este espacio: llevo más de diez años con depresión y buscando imágenes menos idiotas que aquella de que «lucho» contra ese mal. Como si fuera cosa de fuerza bruta, de llevar espada o pistola.)

Por otra parte, puedo hablar de algunos sucesos alentadores de tiempos recientes. No son «giros» definitivos en la «historia» (esas también son ilusiones, metáforas), y parecerán poca cosa, pero para mí no lo fueron.

  • Terminé El don de Vladimir Nabokov: una de sus novelas menores. Es acerca de un escritor menor (inventado) que escribe la biografía de otro escritor menor y real. Nabokov odia, literalmente, a este último: Nikolái Chernyshevski, autor del siglo XIX que inspiró a Lenin con su novela ¿Qué hacer?, y a través de Lenin influyó en toda la Revolución Bolchevique. Durante ésta, el padre de Nabokov fue muerto y la familia perdió sus privilegios como parte de la clase alta zarista y acabó en el exilio. Pero aunque la biografía-dentro-de-la-novela es cruel, niega todo mérito a Chernyshevski, lo pinta como un ser miserable y estúpido, al final pasa algo rarísimo: Nabokov no es capaz de alegrarse con la muerte y la ruina de Chernyshevski. Es como si se le acabaran las fuerzas, o no pudiera llevar el odio hasta el final de sus propias frases. No llora al muerto, pero mira a quienes lo lloran, y les deja la última palabra.
  • Me encontré este artículo, bastante revelador a mi parecer, respecto de las supersticiones contemporáneas, y en especial de la desinformación y los discursos de odio que más y más personas parecen abrazar a partir de su aislamiento en las redes. El autor, Nicolas Guilhot, recuerda que no sólo los individuos, sino también las comunidades, se inventan un orden y una trama: una cultura para justificar su existencia. Las angustias de este tiempo no son únicamente individuales, sino que se derivan en parte de las crisis actuales, que destruyen comunidades y estados y llevan a muchos a la desesperación o a la busca de alguna fe (religiosa, futbolera, extremista o de cualquier otro tipo) para aplazar o delegar indefinidamente el fin de su mundo o de su vida.
  • El otro día, Raquel y un personaje de película coincidieron, con pocas horas de diferencia, en recordar que las experiencias del amor y la belleza son reales.

¿Qué les puedo decir? Necesito seguir creyendo que el lenguaje puede hacer algo por mí y por el mundo.


En su libro Kalpa imperial, mi admirada Angélica Gorodischer hace decir esto a la Gran Emperatriz, gobernante justa y sabia de un vasto imperio:

También sabía que los hombres no piensan. No, no te rías, no piensan. De vez en cuando alguno piensa, es cierto, y lo dice o lo escribe, y eso es tan extraordinario que nadie lo olvida. Las gentes unen esos fragmentos que otros han pensado, como pueden, a veces en formas muy convenientes, a veces en formas muy absurdas, repiten una serie de pensamientos ajenos mal relacionados para una situación, y otra serie de pensamientos ajenos no mejor relacionados para otra situación, y creen que son ellas las que piensan. El que más pensamientos ajenos puede recordar y retorcer para adaptar a más situaciones, ése pasa por más inteligente y los demás lo admiran. Aparece otro alguien que piensa, lo dice o lo escribe, las gentes sostienen que está loco y hasta puede ser que lo lapiden, pero lo que pensó queda y los que no piensan se apoderan al fin de eso, y así los pensamientos ajenos que las gentes usan como si fueran pañuelos o sobaqueras son cada vez más numerosos y a eso se le llama progreso. Yo tenía diecisiete años, no sabía leer ni escribir; no sabía mineralogía ni química ni geografía ni teología, pero [seguí] el simple procedimiento de rechazar lo que las gentes decían que pensaban, y tratar de encontrar un pensamiento nuevo. Encontré dos. Uno de ellos gira alrededor de otro muy viejo que dice que todos estamos hechos del mismo barro. [El otro fue] «Yo puedo» .

El pensamiento nuevo que llegue a ti puede no ser universal. Puede estar ceñido a una sola vida, a una circunstancia precisa. Puede no tener utilidad inmediata ni llevar al sacudimiento del mundo. Por estas razones creo poder decir que tengo un pensamiento nuevo. Es pequeñito, insignificante, válido únicamente para este sitiecillo de internet, pero es nuevo pese a todo. Es este: para ti también ha pasado un año desde el último 12 de septiembre, así que tú también cumples años hoy.

¡Feliz cumpleaños!

Este es tu regalito de cumpleaños: es agridulce, pero lo agridulce también puede ser bueno.

Publicado por Alberto Chimal

Escritor mexicano | Mexican writer

Un pensamiento sobre “Cincuenta y uno”

  1. MARCELA GEORGINA LÓPEZ HERNÁNDEZ dice:

    ¡Felicidades Alberto!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.