Anotaciones

Adiós, avechucho

El logotipo de Twitter, tachado por un signo de prohibición

El otro día descargué mi archivo de Twitter. 1.8 GB acumulados, tuit tras tuit, durante 14 años. Desde los primeros textos que escribí en 2008, cuando no había una aplicación para aquella red y aún se podía publicar mediante mensaje de texto, hasta este mes, en el que empezó el periodo de caos y reformas de Elon Musk –el hombre más rico del mundo– como nuevo dueño de la plataforma.

En el párrafo anterior iba a decir «años de trabajo» y no lo hice. Ahora, segundos más tarde, me parece que podría haberlo hecho sin remordimiento. Aunque nadie me pagó, realmente he estado trabajando para Twitter todo este tiempo, alimentándolo de contenido: textos triviales, conversaciones, enlaces, fotos, opiniones (minificciones y ejercicios de escritura también, pero no es necesario entrar en tanto detalle). Fui parte de los millones de personas que contribuyeron cada día a llamar la atención a la plataforma, provocar reacciones en otras personas y alentarlas a pasar más tiempo interactuando y haciendo nuevo contenido. Famosamente, Twitter ha operado con pérdidas durante la mayor parte de su existencia, pero su peso en el discurso público de muchos países del mundo es innegable todavía, simplemente porque ofrece (u ofrecía) un espacio de fácil acceso, capaz de centralizar toda clase de informaciones en un formato compacto que facilita su difusión posterior.

Más simple de leer y citar que Facebook, más rápido y conciso que Instagram (que por entonces no existía siquiera, además) y hecho para no obligar a la «conexión» recíproca entre personas que fue el principio inicial de las redes sociales privadas. Aun las personas menos reconocidas entre sus usuarios han contribuido a que Twitter se convirtiera en esa fuente imprescindible para periodistas, medios y actores políticos, que en vez de investigar, reportear o hacer campañas en el mundo empezaron a hacerlo en internet. Si no con sus acciones, cada tuitero ha contribuido con sus reacciones, o con su mera presencia, su atención a quienes juzgaba famosos o importantes.

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Ahora, la llegada de Musk a Twitter ha traído –además de un circo mediático y numerosos conflictos laborales e infracciones a leyes de distintos países, todo provocado por él– una intensificación del discurso tóxico en el sitio. El propio Musk la está fomentando, con sus propias publicaciones, con su autorización de que Donald Trump y una larga serie de personajes semejantes a éste puedan volver a tuitear –luego de que sus cuentas hubieran sido suspendidas o eliminadas por moderadores de la empresa–, y desde hoy, 25 de noviembre, con una «amnistía general» para cualquier cuenta suspendida por haber difundido mensajes homófobos, racistas, machistas, etcétera.

(Nota de unas horas después: se está reportando el bloqueo de cuentas de organizaciones antifascistas y de otras izquierdas en Twitter, impulsada por extremistas cercanos a Elon Musk. Por si hacían falta más motivos de preocupación.)

Musk explica sus acciones con argumentos que sólo se entienden del todo en relación con la política de Estados Unidos, el país en el que vive y donde Twitter tiene su sede; en esto es similar a muchos otros «oligarcas internacionales», convencidos de que no necesitan tener en cuenta al mundo entero que pueden afectar con sus acciones, sino únicamente a ciertas autoridades en él.

En cualquier caso, nadie puede detenerlo de momento, porque es el único dueño de la compañía y ya ha dejado bastante claro que solamente le importa su propia opinión. Así, mientras Musk reafirma sus prejuicios de clase (y de otros) y le da gusto a sus fanáticos y a las ramas más extremistas del Partido Republicano, los demás sólo podemos mirar.

Un tuit típico de Elon Musk: «No soy convencionalmente de izquierda ni de derecha, pero estoy de acuerdo. El virus mental progre ha penetrado por entero el mundo del entretenimiento y está empujando la civilización al suicidio. Necesita existir una ‘narrativa’ opuesta». ¿Cuál derecha y cuál izquierda? ¿Cuál virus? ¿Cuál mundo del entretenimiento? ¿Cuál suicidio?

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Desde que comencé a publicar en internet –hace más de dos décadas, cómo pasa el tiempo, etcétera– pude ver discurso tóxico y padecer sus consecuencias. Como para muchas otras personas, diagnosticadas o no, en mi caso aquello resultó ser un problema de salud mental. Además de muchos momentos de malestar a lo largo de los años, en la última década tuve dos periodos de depresión que requirieron atención profesional y fueron disparados por contenido tóxico en línea. No quiero tener otro más.

Por lo tanto, ahora que Twitter está apuntando a convertirse en algo como 4chan –un espacio que estimula todavía más el discurso de odio y los peores comportamientos de la especie humana en internet– estoy tratando de hacer una «salida controlada» de Twitter, que debe empezar por reducir mi presencia allá.

No puedo desaparecer limpiamente de la noche a la mañana: si no por otra razón, estoy promoviendo un libro nuevo y se espera que lo dé a conocer por todos los medios a mi alcance. Además, hay un costo que se paga por dejar una red social: se pierden desde facilidades reales de contacto con personas u organizaciones que nos importan hasta recompensas subjetivas, más oscuras y difíciles de definir. Igual que un «me gusta» o un retuit producen sensaciones agradables de validación y aceptación, es posible que una persona se vuelva adicta a lo que le hace sentirse mal, y desde antes de Musk la manipulación del contenido en Twitter estaba pensada para lograr engagement (interacción, envolvimiento) provocando emociones negativas.

Sin embargo, también habrá que pensar en qué tanto se quiere contribuir a lo que parece, al menos en este momento, un giro repugnante de una red privada de alcance mundial. Si más adelante parece aún más una elección moral –en un mundo en que el extremismo de derecha amenaza desde tantos lugares distintos–, tanto mejor empezar a elegir desde ahora.

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Por un tiempo seguiré tuiteando, aunque sea menos, de lejos y en un plan estrictamente impersonal. Tendré que buscar, como ya están haciendo otras personas, redes sociales no privadas, comunidades distintas a aquellas que se volvieron la norma desde mediados de la primera década del siglo. Tendré que evaluar qué tanto puede ofrecer aún una cuentita como la mía. Hace diez o doce años –gracias a algún curador o curadora de Twitter cuya identidad nunca llegué a saber– mi nombre estuvo por un tiempo largo entre las recomendaciones automatizadas de «cultura» para nuevos usuarios mexicanos de la red, al lado de nombres mucho más conocidos. Así, mis tuits llegaron a pasar de los 100,000 seguidores a pesar de que no venían de un escritor con programa de radio o televisión, un opinador político, una figura ya canonizada ni un autor superventas.

Ahora, dice mi esposa, una cuenta así podría ser «un violín en el Titanic»: un poco de alivio para algunas personas en un entorno cada vez más horrible, del que no quieren o no pueden salir. Pero quién sabe cuántas de esas personas llegan a enterarse realmente de un esfuerzo así, y cuántas menos llegarán a enterarse en el futuro. Por descarte, el algoritmo de Twitter enfatiza los que llama «tuits destacados» ¿Cuánta gente, incluso si aún me sigue, recibe otros tuits, más sensacionales, y jamás se entera de nada de lo que publico?

He escrito de cómo la escritura literaria en Twitter –una serie de prácticas fascinantes– tuvo un momento de florecimiento y luego decayó, porque la búsqueda de atención a cualquier precio no condice, qué sorpresa, con lo que puede hacer mejor la literatura. Otro día tendré que escribir de las relaciones sociales en aquel entorno; de lo que significa apoderarse brevemente, como mexicano, de una parte ínfima de un espacio que jamás fue construido para el mundo entero; de las personas que vi afectadas por lo que leían hasta cambiar, literalmente, su modo de ser y comportarse, como si el sitio programara seres humanos y no al contrario; de las extrañas formas de represión y sinceridad que florecieron y todavía existen allá.

Por el momento, al menos para mí, dejo constancia de que la situación de aquel sitio, la red social que formó y su manera de utilizar, monetizar, instrumentalizar la atención de los seres humanos, me parece irremediable. Adiós, avechucho. Parece que no me muevo, pero me estoy marchando: muy despacio.

Publicado por Alberto Chimal

Escritor mexicano | Mexican writer

12 pensamientos sobre “Adiós, avechucho”

  1. Angie dice:

    Concuerdo con Raquel en que tus twitts son y seguirán siendo un remando. Aunque comprendo totalmente si decides abandonar la plataforma por completo. En fin no es la única red,by siempre quedan los libros y otros medios. ¡Feliz retirarse del abechucho!

  2. Claudia dice:

    Bella reflexión, profesor Chimal. Cuando una puerta se cierra, dos ventanas se abren. Deseo que encuentre otro medio de expresarse tan abierta y genuinamente como lo hacía con Tweeter. Abrazo grande.

  3. Enrique Padilla dice:

    Maestro, uno de los motivos que me mantenían en Twitter eran sus reflexiones e indicaciones, creo que podré entonces marcharme también. Espero verlo pronto en otra red social. Instagram no es tan contrario a la literatura como podría parecer por la superficialidad con que se le asocia. Gracias por este texto que da cuenta de su deliberación interna, de la de muchos de nosotros.

  4. Ma. Luisa Govela dice:

    ¿En dónde más podemos seguir tus ensayos y artículos y enterarnos de tus nuevos libros? Soy tu “fan” y lamento mucho la nueva situación. Ma. Luisa Govela

  5. Oscar dice:

    Hola, Alberto. ¿Ha escuchado del «Solid Project»? es de Tim Berners-Lee. Aunque todavía no tiene una aplicación de red social, me parece interesante >w<

    1. Hola. No sabía de él, pero lo buscaré, muchas gracias.

  6. Daniellekivac dice:

    Es una pena 😢. Me encantan los ejercicios de escrituras y todo el contenido. Te extrañaré por allá, pero continuaré viéndote en facebook y en youtube. Y Raquel tiene razón. Saludos.

    1. Estoy pensando en centralizar mi actividad en línea, quizá en este sitio y en una lista de correo. Veremos qué es mejor. De cualquier manera por ahí nos vemos. Saludos y gracias.

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