Cuaderno

De traducciones

Junto con Raquel, estoy traduciendo cuentos de Edgar Allan Poe para una (muy próxima) edición. Pensando en ellos pienso en la traducción. (Tal vez algo de esta nota aparezca en el prólogo de aquel libro. Este es uno de los cuentos.)

¿Qué sentido tiene traducir a un autor ya traducido, y cuyas obras circulan ampliamente? ¿No bastaría con reeditar la traducción más celebrada (que en este caso sería la de Julio Cortázar)?

No. Así como toda obra en su lengua original se va alejando de los lectores vivos de esa lengua, así también las traducciones se alejan de aquellos a quien pueden servir. Por eso necesitan renovarse: ser más, ser otras, intentar otros acercamientos tanto con la lengua de su fuente como con la de su lugar y su tiempo.

Las traducciones no reemplazan a las obras: las acompañan en su camino a nuevos lectores, y lo hacen durante sólo una parte de su trayecto por sólo una parte del mundo.

Una nueva traducción puede no pretender ser “mejor” que las precedentes, no intentar volverlas «obsoletas», sino plantearse desde otro objetivo: contribuir a la marcha de la obra, desempolvar algunas de sus resonancias, dar a otras un giro distinto; hablarle a quienes la leerán en su propio tiempo.

Esto tendrá que bastar para seguir.

El fisgón

La novela El infierno de Henri Barbusse se escribió a partir de una premisa semejante.

Más ejercicios de #escritura en este sitio, en el archivo de Las Historias en o mi cuenta de Twitter

Cosas peores

La escritora colombiana Margarita García Robayo es parte de la nueva hornada de escritoras latinoamericanas que se han colocado en la delantera de la literatura actual en esta zona del mundo. Este es un cuento que se enlaza con los de muchas de sus precursoras en su mirada de los indefensos y los vulnerables.

La semilla de naranja

(Nota: las grandes narraciones para niños no se hacen así. Este ejercicio va en otro sentido.)

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Música

(Nota: no se trata de usar una sola vocal en todo el texto. El efecto debe ser sutil: lo que se afecta es la resonancia, la música del texto.)

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Libros de terror (para niños y niñas)

El diario Reforma publicó, en un suplemento especial de este mes, una nota acerca de libros de terror y me preguntaron por recomendaciones (en especial para niños, niñas y jóvenes). También, junto con el escritor Enrique Escalona, expliqué la razón por la que tiene sentido leer semejantes historias a temprana edad (y a cualquier otra, en realidad). A continuación se pueden ver nuestras recomendaciones, y también descargar la nota como archivo PDF. Muchas gracias a Dalia Rangel.



Algo que se debe agregar a lo dicho en el suplemento: no hay que hacer caso del lugar común según «las peores historias de terror son las que aparecen las noticias». La frase puede sonar ingeniosa pero no tiene mucho sentido. Hay hasta escritores especializados en literatura de horror que la dicen con frecuencia, pero sospecho que su deseo es dar la impresión de que se preocupa por cosas más importantes que un mero subgénero de entretenimiento. (En esa actitud hay una especie de impulso autodestructivo, como se ve.)

¿No sería mejor reconocer que el miedo y la inquietud son experiencias normales (e inevitables) de la vida humana, y que nos hace falta arte que les dé sentido en nuestro beneficio?

El señor Perdurabo

Un relato autobiográfico que apareció inicialmente en la antología Trazos en el espejo (ERA). El título, como se explica en el texto mismo, se relaciona con la obra de Aleister Crowley (1875-1947), aquel célebre escritor, ocultista y provocador británico.

Yo no me siento tan cerca de quien era cuando escribí ese texto. Han pasado nueve años y muchos acontecimientos. Pero todo lo que cuento en él es verdad y sigue siendo «mi historia».

No es poca cosa. Muchas personas de mi edad, de modo entre sarcástico y lastimero, han llegado a una etapa de llamarse a sí mismas «viejas», como se puede ver cualquier día en las redes sociales. Es un gesto hueco, exhibicionista como tantos otros, pero proviene de un sentimiento real de desolación que muchos otros sintieron antes de nosotros y que, por lo general, nadie en esta época aprende a prever ni a aceptar.

Los seres humanos somos creadores de patrones, ritmos, historias: necesitamos asignar una forma a nuestra propia vida para justificarla, para creer que tiene un sentido…, pero en esta época las historias que aprendemos a ansiar para nuestras propias vidas son, todas, relatos de juventud, de poder, de riqueza. Y la mayor parte de nosotros sólo tendrá la primera, y eso por poco tiempo.