Este año tampoco ganaste el Premio Nobel

Anuncio de los ganadores del Premio Nobel de Literatura para 2018 y 2019

Me enteré de un dato trivial interesante: la agencia literaria que representa a Olga Tokarczuk, recientísima ganadora del Premio Nobel de Literatura junto con Peter Handke, es Rogers, Coleridge & White, de Londres. Lo supe porque otra autora del catálogo de la agencia, la mexicana Valeria Luiselli, retuiteó el aviso de aquélla. Entre las respuestas al tuit de la agencia está una felicitación a una agente en particular, Laurence Laluyaux, quien (supongo) es la representante de la empresa que trabaja directamente con Tokarczuk.

Muchas personas han cuestionado la validez de los Premios Nobel desde su establecimiento. Los de literatura, que poco a poco han llegado a convertirse en una validación no sólo artística sino comercial, han sido considerados, en ocasiones, puro negocio, realizado «en lo oscurito» entre la Academia y editores y agentes internacionales. No ayudó en nada el escándalo que llevó a la suspensión del Premio el año pasado, y que reveló tratos sucios e incidentes de acoso sexual encubiertos y tal vez hasta propiciados por la Academia.

Y sin embargo, el Premio Nobel de Literatura le ha atinado en más de una ocasión: así como ha premiado a autores hoy olvidados y de mérito bastante cuestionable (que me perdonen Sully Prudhomme, Pearl S. Buck y compañía), también ha mostrado al mundo obras realmente notables que de otro modo no hubieran tenido los lectores que merecían. Este puede ser –como insisten los análisis más cínicos– un efecto colateral, no buscado, de negociaciones en las que cuentan más la codicia de empresas e instituciones y la vanidad de los escritores «premiables»; pero lo cierto es que sucede. Conozco la obra del austriaco Peter Handke, quien durante mucho tiempo había sido candidato al Nobel y es un dramaturgo y narrador extraordinario; pero ahora podré agregar (tal vez) la obra de Olga Tokarczuk a las de Alice Munro, Saul Bellow, Wislawa Szymborska, Doris Lessing, Toni Morrison, Pär Lagerkvist, Derek Walcott o William Faulkner: grandes libros que conocí porque ganaron en Estocolmo.

Dicho lo anterior, algo que sí parece más claro es que la Academia Sueca intentó evitar polémicas con estos premios, otorgados a autores europeos conocidos y cuyo valor, hasta donde entiendo, no se cuestiona. Habrá que ver en el futuro si se arriesga más –más que este año, más de lo que lo ha hecho siempre– y mira un poco más allá de lo que le ofrecen, sí, los grandes conglomerados editoriales del occidente y las jerarquías implícitas de los idiomas, el poder político y las divisiones raciales. En esta época, actuar así sería hacerle un favor al mundo.


Nota: para conocer la obra de Peter Handke, se puede empezar por Kaspar (1967), que retoma un caso extraño de la Historia real para hablar de la deshumanización de la sociedad de su tiempo: en la obra, los individuos son manipulados constantemente por poderes terribles e indiferentes que utilizan los medios a su antojo. Es una obra visionaria: leerla hoy es ver una premonición del mundo saturado de información (y desinformación) de las redes sociales.

Agorero

La Feria del Libro de los Ángeles (LéaLA) vuelve como un festival literario cuyo lema para 2019 será «La frontera y sus metáforas». Como me tocará participar, del diario Excélsior me preguntaron cómo podría abordar ese asunto, para un reportaje que se hizo sobre el tema. Escribí los párrafos que dejo aquí y que fueron citados parcialmente en la nota. Si sobreviven algunas décadas, servirán para ver si fui exagerado o agorero. Gracias a Virginia Bautista.

Nota aparecida en el diario Excélsior el 22 de septiembre de 2019
Nota aparecida en el diario Excélsior el 22 de septiembre de 2019 (clic para ampliar)

La generación a la que pertenezco está pasando un muy mal rato con el auge actual del pensamiento retrógrado, incluyendo la xenofobia. Fuimos quienes llegamos ya adultos, pero aún jóvenes, a lo que se anunció como la consumación de la apertura y las posibilidades de reconocimiento humano gracias a la tecnología digital. Y lo que estamos viendo –al menos cuando queremos verlo– es el retorno de un mal que nuestras clases de historia daban por enterrado, muerto definitivamente. Algunos optan por afiliarse a las tendencias de moda, como la discriminación contra los migrantes centroamericanos que llegan a México; otros pensamos que hace falta algo diferente.

No vivimos, y espero que no nos toque vivir, un tiempo de persecución sistemática como el que vivieron millones de europeos a mediados del siglo XX, o como el que viven hoy grandes poblaciones en el medio oriente o el sureste asiático. Pero no podemos quedarnos sin hacer nada ante los primeros signos de crímenes contra la humanidad que todavía pueden sobrevenir, tanto en nuestro propio país como contra las poblaciones de origen mexicano fuera de él. A lo mejor decir esto ahora, en 2019, suena excesivamente lúgubre, pesimista; pero la Historia muestra que catástrofes como las del siglo XX no suceden de la noche a la mañana sino que se gestan durante años o décadas. El tiempo para hablar de las fronteras y denunciar lo que el racismo quiere lograr con ellas es ahora.

De traducciones

Junto con Raquel, estoy traduciendo cuentos de Edgar Allan Poe para una (muy próxima) edición. Pensando en ellos pienso en la traducción. (Tal vez algo de esta nota aparezca en el prólogo de aquel libro. Este es uno de los cuentos.)

¿Qué sentido tiene traducir a un autor ya traducido, y cuyas obras circulan ampliamente? ¿No bastaría con reeditar la traducción más celebrada (que en este caso sería la de Julio Cortázar)?

No. Así como toda obra en su lengua original se va alejando de los lectores vivos de esa lengua, así también las traducciones se alejan de aquellos a quien pueden servir. Por eso necesitan renovarse: ser más, ser otras, intentar otros acercamientos tanto con la lengua de su fuente como con la de su lugar y su tiempo.

Las traducciones no reemplazan a las obras: las acompañan en su camino a nuevos lectores, y lo hacen durante sólo una parte de su trayecto por sólo una parte del mundo.

Una nueva traducción puede no pretender ser “mejor” que las precedentes, no intentar volverlas «obsoletas», sino plantearse desde otro objetivo: contribuir a la marcha de la obra, desempolvar algunas de sus resonancias, dar a otras un giro distinto; hablarle a quienes la leerán en su propio tiempo.

Esto tendrá que bastar para seguir.

Libros de terror (para niños y niñas)

El diario Reforma publicó, en un suplemento especial de este mes, una nota acerca de libros de terror y me preguntaron por recomendaciones (en especial para niños, niñas y jóvenes). También, junto con el escritor Enrique Escalona, expliqué la razón por la que tiene sentido leer semejantes historias a temprana edad (y a cualquier otra, en realidad). A continuación se pueden ver nuestras recomendaciones, y también descargar la nota como archivo PDF. Muchas gracias a Dalia Rangel.



Algo que se debe agregar a lo dicho en el suplemento: no hay que hacer caso del lugar común según «las peores historias de terror son las que aparecen las noticias». La frase puede sonar ingeniosa pero no tiene mucho sentido. Hay hasta escritores especializados en literatura de horror que la dicen con frecuencia, pero sospecho que su deseo es dar la impresión de que se preocupa por cosas más importantes que un mero subgénero de entretenimiento. (En esa actitud hay una especie de impulso autodestructivo, como se ve.)

¿No sería mejor reconocer que el miedo y la inquietud son experiencias normales (e inevitables) de la vida humana, y que nos hace falta arte que les dé sentido en nuestro beneficio?

El señor Perdurabo

Un relato autobiográfico que apareció inicialmente en la antología Trazos en el espejo (ERA). El título, como se explica en el texto mismo, se relaciona con la obra de Aleister Crowley (1875-1947), aquel célebre escritor, ocultista y provocador británico.

Yo no me siento tan cerca de quien era cuando escribí ese texto. Han pasado nueve años y muchos acontecimientos. Pero todo lo que cuento en él es verdad y sigue siendo «mi historia».

No es poca cosa. Muchas personas de mi edad, de modo entre sarcástico y lastimero, han llegado a una etapa de llamarse a sí mismas «viejas», como se puede ver cualquier día en las redes sociales. Es un gesto hueco, exhibicionista como tantos otros, pero proviene de un sentimiento real de desolación que muchos otros sintieron antes de nosotros y que, por lo general, nadie en esta época aprende a prever ni a aceptar.

Los seres humanos somos creadores de patrones, ritmos, historias: necesitamos asignar una forma a nuestra propia vida para justificarla, para creer que tiene un sentido…, pero en esta época las historias que aprendemos a ansiar para nuestras propias vidas son, todas, relatos de juventud, de poder, de riqueza. Y la mayor parte de nosotros sólo tendrá la primera, y eso por poco tiempo.

#TallerFugaz 2019

Está en marcha el #TallerFugaz, un concurso virtual y efímero de escritura que se organiza dentro de Wordfest 3.0, festival mexicano de cultura digital. Ya se había hecho el año pasado y vuelve: nuevamente, José Luis Zárate (querido amigo y colega) y yo mismo somos su jurado. Es una parte virtual del festival, en la que también hay conferencias y proyectos digitales como El vértigo de las listas, de Julián Herbert.

Cada día, en el sitio del #TallerFugaz aparece una consigna de escritura para hacer un ejercicio: José Luis y yo comentaremos los trabajos recibidos y uno ganará un premio.

Me gustan los ejercicios como el del #TallerFugaz por breves (aunque el trabajo no se reduce por poco que duren) y porque son de los lugares –virtuales: de la imaginación– que nos quedan en internet para que pequeñas comunidades de intereses comunes aparezcan, se desarrollen y concluyan alrededor de la escritura. En la década pasada, esto parecía ser una tendencia mayoritaria y creciente. Entonces llegaron las redes sociales. Pero internet no es sólo Facebook. Todavía no.

Cuatro novelas distópicas

Cada tanto iré reproduciendo aquí algunos artículos míos ya publicados. Este es un fragmento del prólogo que escribí en 2018 para la edición de cuatro novelas distópicas publicada por Editores Mexicanos Unidos.


Las tres distopías más famosas e influyentes del siglo XX aparecen en este volumen. Son las novelas Nosotros de Yevgeni Zamiatin (1924), Un mundo feliz de Aldous Huxley (1932) y 1984 de George Orwell (1949). Cada uno a su manera, estos tres autores escribieron pensando en el auge de algún tipo de totalitarismo concreto que ocurría en el mundo mientras ellos creaban sus obras, y vertieron en ellas el miedo que les daba el avance de la opresión o el sufrimiento humano que estaba delante de ellos. He aquí algunas palabras sobre cada una de esas novelas.

Nosotros. El ruso Zamiatin (1884-1937), que alternaba la escritura con la ingeniería naval, se formó en los últimos años del régimen zarista y apoyó la Revolución Rusa, lo que lo llevó a padecer cárcel y exilio. Sin embargo, en los años posteriores al triunfo revolucionario y el ascenso al poder del Partido Comunista de la Unión Soviética, Zamiatin empezó a desconfiar del gobierno y, en especial, de sus campañas de censura de los medios y las artes. Nosotros es un texto satírico: la imagen de una sociedad represiva en la que los excesos del régimen soviético –que aún no llegaba a los horrores del periodo estalinista– son llevados al extremo más absurdo. La novela se desarrolla en una ciudad estado cuyos edificios están hechos de cristal, para que nadie tenga privacidad alguna; en la que las personas, en vez de nombre, se identifican mediante una clave alfanumérica; en la que todos los aspectos de la vida, incluyendo las relaciones sentimentales y la procreación, están fuertemente reglamentados, y en la que el fin último de la tecnología es el control. El libro se completó en 1921 pero su publicación fue prohibida: apareció por primera vez hasta 1924, en una traducción inglesa publicada en los Estados Unidos, y en su idioma original hasta 1927, en una edición clandestina. Zamiatin fue incluido en una lista negra que le volvió cada vez más difícil trabajar en su país, del que terminó exiliándose en 1931. Murió, reducido a la pobreza, en la ciudad de París.

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Lolita escribe una carta a Stanley Kubrick

Cada tanto iré reproduciendo aquí algunos artículos míos ya publicados. Este apareció en 2015 en la revista Letras Libres.


La exposición retrospectiva de Stanley Kubrick organizada por el Deutsches Filmmuseum, la University of the Arts de Londres y la familia del cineasta lleva años de gira por el mundo. Las piezas están en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO) mientras escribo esta nota: vestuario, utilería, documentos de producción, libros y revistas, cartas, cámaras fotográficas y de cine, agrupados en relación con la filmografía de Kubrick y dispuestos en orden cronológico.

 En la sala dedicada a Lolita (1962) hay, sobre todo, fotografías y transparencias de Sue Lyon: la jovencísima modelo y actriz principiante que Kubrick y su productor, James B. Harris, seleccionaron para interpretar el papel de la nínfula que obsesiona al pederasta Humbert Humbert (James Mason). Tomas de estudio y en exteriores la muestran bellísima, inocente y pícara como estrella adolescente de hoy. En otra foto, como tíos celosos, la flanquean Kubrick, Harris, Mason y Vladimir Nabokov (autor de la novela Lolita, por supuesto, y de la primera versión del guión, de la que poco se ve en la película filmada) y ella se ve espontánea, ligera, en una pose como las mejores de Marilyn Monroe. Es una imagen memorable de la historia del cine.

Pero la foto más interesante es de un hombre y una mujer de aspecto ordinario, visiblemente de más de cuarenta años, sentados en la banca de un parque con caras relajadas y contentas. La imagen está mal encuadrada y fue impresa, sin duda, en un centro de revelado automatizado, de los que abundaban a fines del siglo XX. La acompaña una carta fechada en 1994:

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Visionario Levrero

Un artículo de hace unos años en la revista Armas y Letras, donde tengo mi columna «La materia no existe». Es sobre mi admirado Mario Levrero y su Caza de conejos.

Durante décadas, Levrero fue un autor secreto, de los que circulan en libros prestados y fotocopias. «De culto», se dice también, aunque esa denominación se usa cada vez más para hablar de figuras que tienen un «nicho» rentable de mercado y que permiten la comercialización intensa de su obra, aunque sea a pequeña escala. Pero ese fenómeno sucede únicamente con famosos del norte global (un ejemplo querido es el gran Edward Gorey). El culto de los autores del tercer mundo es otro: sordo, rencoroso y condenado al fracaso casi siempre. Qué bueno que Levrero se está escapando de ese destino.