El señor Perdurabo

Un relato autobiográfico que apareció inicialmente en la antología Trazos en el espejo (ERA). El título, como se explica en el texto mismo, se relaciona con la obra de Aleister Crowley (1875-1947), aquel célebre escritor, ocultista y provocador británico.

Yo no me siento tan cerca de quien era cuando escribí ese texto. Han pasado nueve años y muchos acontecimientos. Pero todo lo que cuento en él es verdad y sigue siendo «mi historia».

No es poca cosa. Muchas personas de mi edad, de modo entre sarcástico y lastimero, han llegado a una etapa de llamarse a sí mismas «viejas», como se puede ver cualquier día en las redes sociales. Es un gesto hueco, exhibicionista como tantos otros, pero proviene de un sentimiento real de desolación que muchos otros sintieron antes de nosotros y que, por lo general, nadie en esta época aprende a prever ni a aceptar.

Los seres humanos somos creadores de patrones, ritmos, historias: necesitamos asignar una forma a nuestra propia vida para justificarla, para creer que tiene un sentido…, pero en esta época las historias que aprendemos a ansiar para nuestras propias vidas son, todas, relatos de juventud, de poder, de riqueza. Y la mayor parte de nosotros sólo tendrá la primera, y eso por poco tiempo.

#TallerFugaz 2019

Está en marcha el #TallerFugaz, un concurso virtual y efímero de escritura que se organiza dentro de Wordfest 3.0, festival mexicano de cultura digital. Ya se había hecho el año pasado y vuelve: nuevamente, José Luis Zárate (querido amigo y colega) y yo mismo somos su jurado. Es una parte virtual del festival, en la que también hay conferencias y proyectos digitales como El vértigo de las listas, de Julián Herbert.

Cada día, en el sitio del #TallerFugaz aparece una consigna de escritura para hacer un ejercicio: José Luis y yo comentaremos los trabajos recibidos y uno ganará un premio.

Me gustan los ejercicios como el del #TallerFugaz por breves (aunque el trabajo no se reduce por poco que duren) y porque son de los lugares –virtuales: de la imaginación– que nos quedan en internet para que pequeñas comunidades de intereses comunes aparezcan, se desarrollen y concluyan alrededor de la escritura. En la década pasada, esto parecía ser una tendencia mayoritaria y creciente. Entonces llegaron las redes sociales. Pero internet no es sólo Facebook. Todavía no.

Cuatro novelas distópicas

Cada tanto iré reproduciendo aquí algunos artículos míos ya publicados. Este es un fragmento del prólogo que escribí en 2018 para la edición de cuatro novelas distópicas publicada por Editores Mexicanos Unidos.


Las tres distopías más famosas e influyentes del siglo XX aparecen en este volumen. Son las novelas Nosotros de Yevgeni Zamiatin (1924), Un mundo feliz de Aldous Huxley (1932) y 1984 de George Orwell (1949). Cada uno a su manera, estos tres autores escribieron pensando en el auge de algún tipo de totalitarismo concreto que ocurría en el mundo mientras ellos creaban sus obras, y vertieron en ellas el miedo que les daba el avance de la opresión o el sufrimiento humano que estaba delante de ellos. He aquí algunas palabras sobre cada una de esas novelas.

Nosotros. El ruso Zamiatin (1884-1937), que alternaba la escritura con la ingeniería naval, se formó en los últimos años del régimen zarista y apoyó la Revolución Rusa, lo que lo llevó a padecer cárcel y exilio. Sin embargo, en los años posteriores al triunfo revolucionario y el ascenso al poder del Partido Comunista de la Unión Soviética, Zamiatin empezó a desconfiar del gobierno y, en especial, de sus campañas de censura de los medios y las artes. Nosotros es un texto satírico: la imagen de una sociedad represiva en la que los excesos del régimen soviético –que aún no llegaba a los horrores del periodo estalinista– son llevados al extremo más absurdo. La novela se desarrolla en una ciudad estado cuyos edificios están hechos de cristal, para que nadie tenga privacidad alguna; en la que las personas, en vez de nombre, se identifican mediante una clave alfanumérica; en la que todos los aspectos de la vida, incluyendo las relaciones sentimentales y la procreación, están fuertemente reglamentados, y en la que el fin último de la tecnología es el control. El libro se completó en 1921 pero su publicación fue prohibida: apareció por primera vez hasta 1924, en una traducción inglesa publicada en los Estados Unidos, y en su idioma original hasta 1927, en una edición clandestina. Zamiatin fue incluido en una lista negra que le volvió cada vez más difícil trabajar en su país, del que terminó exiliándose en 1931. Murió, reducido a la pobreza, en la ciudad de París.

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Lolita escribe una carta a Stanley Kubrick

Cada tanto iré reproduciendo aquí algunos artículos míos ya publicados. Este apareció en 2015 en la revista Letras Libres.


La exposición retrospectiva de Stanley Kubrick organizada por el Deutsches Filmmuseum, la University of the Arts de Londres y la familia del cineasta lleva años de gira por el mundo. Las piezas están en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO) mientras escribo esta nota: vestuario, utilería, documentos de producción, libros y revistas, cartas, cámaras fotográficas y de cine, agrupados en relación con la filmografía de Kubrick y dispuestos en orden cronológico.

 En la sala dedicada a Lolita (1962) hay, sobre todo, fotografías y transparencias de Sue Lyon: la jovencísima modelo y actriz principiante que Kubrick y su productor, James B. Harris, seleccionaron para interpretar el papel de la nínfula que obsesiona al pederasta Humbert Humbert (James Mason). Tomas de estudio y en exteriores la muestran bellísima, inocente y pícara como estrella adolescente de hoy. En otra foto, como tíos celosos, la flanquean Kubrick, Harris, Mason y Vladimir Nabokov (autor de la novela Lolita, por supuesto, y de la primera versión del guión, de la que poco se ve en la película filmada) y ella se ve espontánea, ligera, en una pose como las mejores de Marilyn Monroe. Es una imagen memorable de la historia del cine.

Pero la foto más interesante es de un hombre y una mujer de aspecto ordinario, visiblemente de más de cuarenta años, sentados en la banca de un parque con caras relajadas y contentas. La imagen está mal encuadrada y fue impresa, sin duda, en un centro de revelado automatizado, de los que abundaban a fines del siglo XX. La acompaña una carta fechada en 1994:

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Visionario Levrero

Un artículo de hace unos años en la revista Armas y Letras, donde tengo mi columna «La materia no existe». Es sobre mi admirado Mario Levrero y su Caza de conejos.

Durante décadas, Levrero fue un autor secreto, de los que circulan en libros prestados y fotocopias. «De culto», se dice también, aunque esa denominación se usa cada vez más para hablar de figuras que tienen un «nicho» rentable de mercado y que permiten la comercialización intensa de su obra, aunque sea a pequeña escala. Pero ese fenómeno sucede únicamente con famosos del norte global (un ejemplo querido es el gran Edward Gorey). El culto de los autores del tercer mundo es otro: sordo, rencoroso y condenado al fracaso casi siempre. Qué bueno que Levrero se está escapando de ese destino.

Varias partidas

Ayer se anunció en redes sociales la muerte de Juan Manuel García Junco, un promotor cultural de larga carrera en la ciudad de México conocido como H. Pascal. Es el séptimo fallecimiento en lo que va del año de una persona del «medio cultural» mexicano a la que conocí. Los otros son los del poeta de origen panameño Roberto Fernández Iglesias, que fue uno de mis primeros maestros de escritura y también un gran promotor cultural en Toluca, mi ciudad natal; Ramón Córdoba, editor en Alfaguara, con quien no trabajé pero que sí editó a muchos contemporáneos y a una buena cantidad de autores muy prestigiosos, incluyendo a Xavier Velasco y Carlos Fuentes; Mayra Inzunza, escritora considerada una gran promesa literaria en los años noventa, que posteriormente se apartó de la publicación; Rocío González, poeta oaxaqueña, muy activa también desde los años noventa; Armando Vega-Gil, integrante de la banda Botellita de Jerez, articulista y novelista, quien se suicidó tras haber sido acusado de acoso; y Grace Quintanilla, artista interdisciplinaria, profesora y funcionaria.

Cada año sucede lo mismo, por supuesto: la cuenta de fallecimientos va creciendo y en los últimos meses se hacen los recuentos y obituarios. Con el paso del tiempo, algunos serán olvidados, con justicia o no, más rápidamente que otros (la muerte de Pascal ni siquiera fue reportada por la prensa). Pero varios de los nombres de la lista anterior son de personas que no sólo fueron mis contemporáneos, sino que incluso tenían más o menos la edad que yo tengo ahora. Me río cuando me presentan en algún evento y, leyendo una ficha copiada de algún sitio viejo de internet, me llaman «joven escritor» (no lo soy desde hace mucho: tengo 48 años y mi salud no es la mejor). Pero en estas muertes he entrevisto otras que vendrán: ya empieza el tiempo en el que mi generación va a desaparecer. Después quedarán los restos y los recuerdos que se salven.

Portada de una edición de Creaturas del abismo, antología reunida por H. Pascal (2004)

Dos personajes de Borges

Ayer participé en un conversatorio sobre «El Aleph». Fue en el Festival El Aleph de arte y ciencia que, por supuesto, se llama así por el cuento y el libro de Jorge Luis Borges. En la charla, Rafael Olea Franco recordó el prejuicio según el cual Borges podía describir grandes conceptos filosóficos pero no sentimientos humanos. Mencionó un artículo de Octavio Paz. Repaso ese texto ahora y creo que hay en él cierta malicia, sí, aunque de modo más sutil que lo que escuché ayer y escribo ahora. En cualquier caso, el prejuicio existe.

Y sin embargo, en aquel cuento famoso (como en otros), Borges tiene al menos dos grandes personajes: el pedante Carlos Argentino Daneri, que se roba el papel de su oficina para escribir sus poemas horribles, y el Borges-personaje, que ahora sería llamado un nerd con decoro, incapacitado para las relaciones con mujeres pero jamás abusivo ni acosador, hábil únicamente –por unos pocos momentos– para las venganzas retóricas.

Esta es la primera nota de este nuevo sitio. Les doy la bienvenida.