Ciudad de historias

Este año, los organizadores de la Feria del Libro del Zócalo me pidieron una antología de cuentos de ambiente urbano que se acercaran, al menos, a la narrativa de imaginación. El resultado fue Ciudad de historias, que se ofreció para descarga gratuita y reproduzco aquí.

Las autoras y autores reunidos son Jorge Luis Almaral, Édgar Omar Avilés, Raquel Castro, Andrea Chapela, Karen Chacek, Atenea Cruz, Gabriela Damián, Bernardo Fernández Bef, Ana García Bergua, Arturo Vallejo y José Luis Zárate. El libro se hizo, debo decir, apresuradamente, y a la par de otros proyectos que (espero) aparecerán más adelante. Pero puedo garantizar que todas las narraciones valen la pena de ser leídas y que el índice quiere ser incluyente en los mejores sentidos del término. Como idea, o como escenario de historias, la ciudad puede contenerlo todo; mientras retenga ese poder, y mientras pueda contener la imaginación misma, será más grande y más amplia que las muchas ciudades reales, y nos ofrecerá lo que no existe todavía en ninguna de ellas.

Ciudad de historias
Ciudad de historias (2019)

Libros de terror (para niños y niñas)

El diario Reforma publicó, en un suplemento especial de este mes, una nota acerca de libros de terror y me preguntaron por recomendaciones (en especial para niños, niñas y jóvenes). También, junto con el escritor Enrique Escalona, expliqué la razón por la que tiene sentido leer semejantes historias a temprana edad (y a cualquier otra, en realidad). A continuación se pueden ver nuestras recomendaciones, y también descargar la nota como archivo PDF. Muchas gracias a Dalia Rangel.



Algo que se debe agregar a lo dicho en el suplemento: no hay que hacer caso del lugar común según «las peores historias de terror son las que aparecen las noticias». La frase puede sonar ingeniosa pero no tiene mucho sentido. Hay hasta escritores especializados en literatura de horror que la dicen con frecuencia, pero sospecho que su deseo es dar la impresión de que se preocupa por cosas más importantes que un mero subgénero de entretenimiento. (En esa actitud hay una especie de impulso autodestructivo, como se ve.)

¿No sería mejor reconocer que el miedo y la inquietud son experiencias normales (e inevitables) de la vida humana, y que nos hace falta arte que les dé sentido en nuestro beneficio?

El señor Perdurabo

Un relato autobiográfico que apareció inicialmente en la antología Trazos en el espejo (ERA). El título, como se explica en el texto mismo, se relaciona con la obra de Aleister Crowley (1875-1947), aquel célebre escritor, ocultista y provocador británico.

Yo no me siento tan cerca de quien era cuando escribí ese texto. Han pasado nueve años y muchos acontecimientos. Pero todo lo que cuento en él es verdad y sigue siendo «mi historia».

No es poca cosa. Muchas personas de mi edad, de modo entre sarcástico y lastimero, han llegado a una etapa de llamarse a sí mismas «viejas», como se puede ver cualquier día en las redes sociales. Es un gesto hueco, exhibicionista como tantos otros, pero proviene de un sentimiento real de desolación que muchos otros sintieron antes de nosotros y que, por lo general, nadie en esta época aprende a prever ni a aceptar.

Los seres humanos somos creadores de patrones, ritmos, historias: necesitamos asignar una forma a nuestra propia vida para justificarla, para creer que tiene un sentido…, pero en esta época las historias que aprendemos a ansiar para nuestras propias vidas son, todas, relatos de juventud, de poder, de riqueza. Y la mayor parte de nosotros sólo tendrá la primera, y eso por poco tiempo.

Visionario Levrero

Un artículo de hace unos años en la revista Armas y Letras, donde tengo mi columna «La materia no existe». Es sobre mi admirado Mario Levrero y su Caza de conejos.

Durante décadas, Levrero fue un autor secreto, de los que circulan en libros prestados y fotocopias. «De culto», se dice también, aunque esa denominación se usa cada vez más para hablar de figuras que tienen un «nicho» rentable de mercado y que permiten la comercialización intensa de su obra, aunque sea a pequeña escala. Pero ese fenómeno sucede únicamente con famosos del norte global (un ejemplo querido es el gran Edward Gorey). El culto de los autores del tercer mundo es otro: sordo, rencoroso y condenado al fracaso casi siempre. Qué bueno que Levrero se está escapando de ese destino.