De traducciones

Junto con Raquel, estoy traduciendo cuentos de Edgar Allan Poe para una (muy próxima) edición. Pensando en ellos pienso en la traducción. (Tal vez algo de esta nota aparezca en el prólogo de aquel libro. Este es uno de los cuentos.)

¿Qué sentido tiene traducir a un autor ya traducido, y cuyas obras circulan ampliamente? ¿No bastaría con reeditar la traducción más celebrada (que en este caso sería la de Julio Cortázar)?

No. Así como toda obra en su lengua original se va alejando de los lectores vivos de esa lengua, así también las traducciones se alejan de aquellos a quien pueden servir. Por eso necesitan renovarse: ser más, ser otras, intentar otros acercamientos tanto con la lengua de su fuente como con la de su lugar y su tiempo.

Las traducciones no reemplazan a las obras: las acompañan en su camino a nuevos lectores, y lo hacen durante sólo una parte de su trayecto por sólo una parte del mundo.

Una nueva traducción puede no pretender ser “mejor” que las precedentes, no intentar volverlas «obsoletas», sino plantearse desde otro objetivo: contribuir a la marcha de la obra, desempolvar algunas de sus resonancias, dar a otras un giro distinto; hablarle a quienes la leerán en su propio tiempo.

Esto tendrá que bastar para seguir.

Visionario Levrero

Un artículo de hace unos años en la revista Armas y Letras, donde tengo mi columna «La materia no existe». Es sobre mi admirado Mario Levrero y su Caza de conejos.

Durante décadas, Levrero fue un autor secreto, de los que circulan en libros prestados y fotocopias. «De culto», se dice también, aunque esa denominación se usa cada vez más para hablar de figuras que tienen un «nicho» rentable de mercado y que permiten la comercialización intensa de su obra, aunque sea a pequeña escala. Pero ese fenómeno sucede únicamente con famosos del norte global (un ejemplo querido es el gran Edward Gorey). El culto de los autores del tercer mundo es otro: sordo, rencoroso y condenado al fracaso casi siempre. Qué bueno que Levrero se está escapando de ese destino.